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Naturaleza

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Científicos han concluido que la naturaleza es un componente esencial para una buena salud y un factor influyente en el comportamiento humano. Según los investigadores, en zonas donde hay espacios verdes, la gente es más generosa y sociable y existen fuertes lazos de vecindad social y un mayor sentido de comunidad, más confianza mutua y una mayor voluntad de ayudar a los demás. En cambio, en entornos con menos zonas verdes, el índice de violencia, crimen y delitos contra la propiedad es mayor.

El color verde evoca la naturaleza, la calma, la armonía. También se relaciona con el bienestar, porque los espacios naturales aumentan nuestro potencial de salud y de buen carácter, señala un equipo de científicos del Laboratorio de Paisaje y Salud de la Universidad de Illinois, en Estados Unidos, en un comunicado emitido por dicha universidad.

Tras recabar información durante años e investigar la relación naturaleza-salud en diferentes regiones y en distintos segmentos de población, estos investigadores han llegado a la conclusión de que frecuentar zonas verdes, ya sean bosques, jardines e incluso zonas peatonales, hace que la gente sea más saludable, tienda a ser generosa, a confiar en los demás, y a mostrar mayor voluntad en ofrecer su ayuda.

“Un paseo por el parque es más que una buena manera de pasar la tarde. Es un componente esencial para una buena salud”, asegura Frances Ming Kuo, responsable de la investigación y directora del Laboratorio de Paisaje y Salud, que estudia el efecto de los espacios verdes en los seres humanos, con el fin de probar o refutar las nociones sobre tradicionales al respecto.

Kuo establece la relación entre la naturaleza y la salud en los humanos haciendo una analogía con los animales: “Así como las ratas y otros animales de laboratorio que viven en ambientes ajenos a su hábitat sufren alteraciones y trastornos que afectan a su funcionamiento social, a las personas les ocurre lo mismo”.

Entre las conclusiones de sus investigaciones, destacan observaciones como que “en los entornos más verdes nos encontramos con que la gente es más generosa y más sociables. Encontramos fuertes lazos de vecindad social y un mayor sentido de comunidad, más confianza mutua y la voluntad de ayudar a los demás. 

En cambio, en puntos donde hay menos zonas verdes, hemos comprobado que el índice de violencia, las acciones criminales y los delitos contra la propiedad – incluso después de controlar los ingresos y otros factores influyentes- son mayores. A todo ello hay que sumar que, “en estos ambientes, las personas sufren más soledad y cuentan con menor apoyo social”, matiza Kuo.

Diversidad de estudios

Anteriormente, Kuo y su equipo habían analizado la relación entre la ausencia de un entorno natural y la irritabilidad, habían constatado asimismo la relación entre la exposición a la naturaleza y el autocontrol y la disciplina en niñas o habían estudiado la importancia del contacto con el medio en el desarrollo infantil, entre otros temas de interés.

Ahora, los investigadores han expuesto una serie de conclusiones con las que se reafirman los beneficios de la naturaleza. Por ejemplo, señalan que el contacto directo con entornos naturales contribuye a un mayor rendimiento y produce un mejor funcionamiento cognitivo, además de potenciar más la auto-disciplina y el control de los impulsos. En definitiva, proporciona una mayor salud mental.

Por el contrario, aquellas personas que no conviven con la naturaleza tienden a sufrir déficit de atención y síntomas de hiperactividad, sugirió un estudio previo, así como mayores tasas de trastornos de ansiedad y depresión.

”Si estos datos no son lo suficientemente convincentes”, dice Kuo, “lo es el hecho de que los impactos de los parques y entornos verdes en la salud humana van más allá de los beneficios psicológicos, porque ofrecen beneficios también para la salud física”.

Beneficios psíquicos y físicos

En este sentido, los investigadores señalan que es en los entornos más verdes donde personas operadas de cirugía han experimentado una mejor recuperación.

Asimismo, los espacios naturales facilitan la realización de la actividad física, mejoran el funcionamiento del sistema inmune, ayudan a los diabéticos a alcanzar niveles saludables de glucosa en sangre y mejoran el estado de salud funcional y las habilidades de vida de las personas mayores. En cambio, las zonas con menos espacios verdes se asocian con mayores tasas de obesidad infantil y todo tipo de enfermedades cardiovasculares.

El tandem naturaleza y salud no entiende de diferencias sociales ni de desigualdades económicas. Así lo demuestran los resultados de las investigaciones que Kuo y sus colaboradores han realizado, y en las que se midieron indicadores como los ingresos económicos de las personas.

“Si bien es cierto que quienes tienen más poder adquisitivo tienden a tener mayor acceso a la naturaleza y mejores resultados de salud física, aquí las comparaciones muestran que incluso entre personas del mismo nivel socioeconómico, los que tienen mayor acceso a la naturaleza tienen mejores resultados de salud física”, explica la directora del Laboratorio de Paisaje y Salud de la Universidad de Illinois.

Naturaleza y salud, un binomio muy estudiado

Existen múltiples estudios que relacionan naturaleza-salud humana. “Los investigadores han estudiado los efectos de la naturaleza en muchas poblaciones, de tipologías muy distintas. Por ejemplo, han observado a habitantes de Chicago residentes en edificios altos, con un árbol o dos y zonas ajardinadas fuera de los edificios donde viven; a estudiantes universitarios expuestos a presentaciones de diapositivas de escenas naturales mientras estaban sentados en clase; a niños con trastorno por déficit de atención, a personas de la tercera edad en Tokio con diferentes grados de acceso a calles peatonales verdes, y a voluntarios de clase media que pasan sus sábados reconstruyendo ecosistemas de pradera, por nombrar algunos colectivos”, enumera Kuo.

La investigadora señala que “los estudios no han consistido, simplemente, en confiar en lo que los participantes en la investigación informen acerca de los beneficios que para ellos tiene la naturaleza sino que dichos beneficios se han medido, objetivamente, con datos como los de informes sobre delincuencia de la policía, como los de análisis de la presión arterial, como los del rendimiento en pruebas neurocognitivas estandarizadas o como los de mediciones fisiológicas de funcionamiento del sistema inmune”.

Zonas verdes, elementos vitales en ciudades

En este sentido, la directora del Laboratorio de Paisaje y Salud asegura que, en lugar de basarse en muestras pequeñas formada por amantes de la naturaleza, los científicos confían cada vez más en estudios elaborados a partir de la opinión y experiencia de segmentos de población que no tienen ninguna relación particular con el medio ambiente. Así, por ejemplo, un estudio examinó a niños que estaban recibiendo la atención de una red de clínicas dirigidas a población de bajos ingresos.

Lo mismo sucede con indicadores como el nivel de alquiler, característica que hasta el momento se había ignorado a la hora de realizar trabajos de investigación de este tipo.

“Los científicos están teniendo en cuenta los ingresos y otras diferencias en sus estudios. Así que la pregunta ya no es si las personas que viven en barrios más verdes tienen mejores resultados de salud, que los tienen, sino más bien la cuestión se ha convertido en si las personas que viven en barrios con zonas verdes tienen mejores resultados de salud cuando se tiene en cuenta la renta y otras ventajas asociadas. A esta pregunta la respuesta es igualmente afirmativa”, concluye Kuo.

Debido a la fuerte relación entre naturaleza y salud, la investigadora alienta a los encargados a trazar la arquitectura de las ciudades y a diseñar comunidades con más espacios verdes públicos, no como meros elementos decorativos sino como componentes vitales, claves para la promoción de la salud, la amabilidad, la inteligencia, y la eficacia de la población.

 

 

 

Tendencias 21

En las grandes ciudades son pocos los afortunados que tienen espacio para hacer crecer un pequeño jardín o huerto dentro de casa, o en un patio trasero. Pero, hay una forma, que se está popularizando para aprovechar al máximo el espacio, el cultivo vertical de las plantas.

¿Quiere saber más sobre ella? Te enumeramos a continuación 7 grandes beneficios de tener un jardín o huerto vertical en casa:

1. Disminuye la temperatura ambiente.

Así como los techos verdes, el jardín o huerto vertical es un gran aliado para aquellos que buscan un ambiente más fresco y agradable, además de proteger el hogar de los rayos ultravioletas.

2. Reduce tu factura de electricidad.

Para mantener una estancia con una temperatura agradable, que mejor que un jardín vertical repleto de plantas, reducirá tu necesidad de usar ventiladores o aire acondicionado en el hogar.

3. Reduce el ruido.

A gran escala (como en las paredes, por ejemplo), el jardín vertical ayuda a reducir el ruido que llega desde la calle al interior de tu propiedad.

4. Mejora la calidad del aire.

Como cualquier planta, tu jardín o huerto vertical te dejará un aire más puro y un olor más agradable. Dependiendo de la especie, el aroma puede ser increíblemente fancinante.

5. Embellece el espacio.

Para muchos, el jardín vertical es una bonita y original decoración.

6. Fácil mantenimiento.

No te creará mucha suciedad, el jardín vertical es ideal para que no te tengas que preocupar demasiado por su mantenimiento, evitando dolores de espalda

7. Toldo natural.

Su correcto colocación favorecerá una menor exposición de tu casa al sol directo, que en algunas horas del día y en algunos meses del año, es bastante molesto.

Fuente: http://ecoinventos.com

Hace ya cuatro años, un equipo científico de la Universidad Autónoma de Madrid estudió los efectos positivos que tiene para el cuerpo estar en contacto con el entorno natural y todas las secuelas que le trae al cerebro tener una vida en permanente unión con las grandes urbes, el ruido y el cemento.

En 2008, Naciones Unidas (ONU) anunció que por primera vez en la historia de la humanidad la gente vive más en las ciudades que en el campo. Diez años después, la estresante vida urbana ya ocasiona consecuencias en la salud: la falta de actividad al aire libre se traduce en una multitud de personas con déficit de vitamina D (la que brinda el sol), depresión, estrés, ansiedad, y estilo de vida cada vez más sedentarios con tendencia al sobrepeso.

En sentido contrario, estudios realizados por científicos españoles comprobaron que los niños que tienen acceso a la vegetación cerca de sus casas muestran menor nivel de estrés en ciertas situaciones escolares y familiares. Y esto se da porque cuando las personas interactúan con la naturaleza, la respuesta cognitiva y física, cambia.

En sociedades de alta presión laboral y en donde hay un gran número de personas workaholic (trabajadores obsesivos), como la de Tokio, se comenzaron a implementar técnicas llamadas “baños forestales” para aumentar el contacto con la naturaleza.

“Se trata de tomarse el tiempo para notar lo que vemos, respirar profundamente, sentir el contacto con el aire, las texturas de las hojas, escuchar el viento entre los árboles, oír los pájaros”, explica Amos Clifford, fundador de la Asociación de Terapias de la Naturaleza y el Bosque (Association of Nature and Forest Therapy), con sede en California, que promueve la práctica japonesa en Estados Unidos.

Según estudios realizados por científicos japoneses, el impacto de la falta de contacto natural en la salud es claro: genera aumento de la presión arterial y de las hormonas relacionadas al estrés y debilitamiento del sistema inmunológico. También, una mayor predisposición a los infartos.

La explicación de por qué esto sucede es mucho más sencilla de lo que se cree: el hombre pasó el 99,99% de su evolución en ambientes naturales.

“Nuestras funciones fisiológicas aún están adaptadas a esos entornos y en el día a día podemos alcanzar una sensación de bienestar si sincronizamos nuestros ritmos con los del medio ambiente”, concluyen.

 

 

TN

Únicos en casi todos los sentidos, son los menos violentos de los grandes felinos. Incluso los machos, en su competición por las hembras, es raro que se enfrenten.

Únicos en casi todos los sentidos, los guepardos son los menos agresivos de los grandes felinos, así que, en algunos lu­gares, se permite a los turistas aproximarse a ellos. Esto no solo es muy cuestionable desde el punto de vista del bienestar animal, sino que entraña riesgos.

En 2013, durante un viaje por Sudáfrica, el actor Adam Sandler –Coneheads, The Waterboy, Un papá genial, Ejecutivo agresivo, Mr. Deeds— decidió visitar una reserva de vida salvaje y conocer a los guepardos de primera mano. Mientras se encontraba agachado junto a un cauce, Sandler sufrió la embestida de uno de ellos. El ataque, que fue grabado en vídeo, no tuvo consecuencias, pero al actor no le quedaron ganas de repetir la experiencia.

En estado salvaje, los guepardos rara vez atacan. Son animales solitarios y suelen evitar a sus congéne­res. Incluso en la época de apareamiento, cuando los machos compiten entre ellos y persiguen a las hem­bras, es raro que se enfrenten. Randall L. Eaton, uno de los biólogos que más ha estudiado su etología, señala que las observaciones de combates serios entre guepardos se pueden contar con los dedos de una mano. Los que se sienten amenazados se agachan, aplastan las orejas y gruñen con la boca abierta, pero siempre tratan de eludir la pelea. Para un animal que depende de su ra­pidez para cazar –es el mamífero terrestre más rápido del mundo–, cualquier herida, por pequeña que sea, puede suponer una sentencia de muerte. Pese a su poca agresividad, son los mamíferos más veloces de la Tierra. Una ventaja dada precisamente por sus garras: son semiretráctiles, lo que les sirve para favorecer su aceleración. En cambio, las garras de los otros felinos son totalmente retráctiles. para desgarrar mejor la carne y trepar mejor a los árboles.

Su gran velocidad les es efectiva para cazar, y para ello necesitan grandes espacios abiertos y una buena visibilidad. El guepardo suele moverse a una velocidad de 45 kilómetros por hora y durante la persecución a su presa puede alcanzar los 110 kilómetros por hora. Una vez alcanzada la presa, ingieren a gran velocidad hasta 10 kilos de carne de una sentada. El motivo es que es posible que otros depredadores les roben la presa mientras se recuperan de la extenuante carrera, para lo cual necesitarán emplear entre 5 y 50 minutos. Sus presas favoritas son los antílopes.

Pese a que el guepardo no es agresivo, sí que mantiene estrategias de protección muy radicales, especialmente las hembras con cachorros. Algunas son capaces de permanecer durante todo un día sin alimentarse, para estar vigilando constantemente el entorno. Este comportamiento, además de ayudarles evitar ataques de otros depredadores, les permite divisar posibles presas. Los leones, los leopardos y las hienas son posibles enemigos; estos animales no dudarían en matar a un cachorro de guepardo si sintieran la necesidad.

Lamentablemente, las interferencias humanas también hacen mella en las costumbres del guepardo. El turismo interfiere en su capacidad para cazar, y se calcula que debido a ello los guepardos pueden perder de 1 o 2 presas de cada 10 que acechan.

Fuente: Muy Interesante

En los años 70, los científicos detectaron que la capa de ozono, una región estratosférica que protege a la Tierra de las radiaciones ultravioleta, adelgazaba peligrosamente por el uso de ciertos productos químicos

En una franja situada entre 20 y 30 kilómetros sobre nuestras cabezas, en una región de la atmósfera conocida como estratosfera, la capa de ozono protege a la Tierra de las radiaciones ultravioleta dañinas (UV-B) procedentes del Sol.

¿Y por qué es tan vital esta capa? Sencillamente, sin ella, la vida en la Tierra no sería posible. De no tener una capa protectora frente a la radiación nociva, la vida sobre la superficie de nuestro planeta nunca hubiera prosperado, y jamás hubiera salido de los océanos.

De hecho,a principios de 2018 se publicó un  estudio que concluía que la extinción masiva del Pérmico-Triásico, la mayor de toda la historia del planeta, y tras en la cual desapareció el 96% de las especies terrestres estuvo provada, en parte, por una grave disminución del grosor de la capa de ozono.

En la década de los setenta, los científicos observaron por primera vez que ciertos productos químicos podían dañar la capa de ozono, reduciendo su grosor y, por lo tanto, su eficacia como pantalla protectora.

Y lo que es más grave, detectaron que sobre la  Antártida el adelgazamiento de esta capa era tan intenso que, a efectos prácticos, se estaba formando una especie de “agujero” en la capa de ozono que podía tener efectos catastróficos. Investigaciones posteriores revelaron que los principales causantes de la reducción del ozono eran los compuestos clorofluorocarbonados (CFCs), presentes sobre todo en sprays, sistemas de refrigeración y aires acondicionados.

Poco más tarde, llegaron las reacciones políticas, y decenas de países se han reunido a lo largo de las últimas dos décadas del siglo XX y primeros años del XXI para adoptar medidas globales de emergencia, creando diversos protocolos, como el de Montreal, firmado en 1987.

Alarmados ante la predicción de que en el año 2100 la temperatura media del planeta podría aumentar  entre uno y medio y cinco grados centígrados en caso de duplicarse la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera, 195 países firmaron en el acuerdo de París contra el cambio climático, del que luego EEUU se desligaría bajo la administración  Trump.

Un mayor déficit de ozono en la atmósfera, si bien no causaría una extinción inmediata, provocaría un importante incremento de los casos de cáncer de piel cataratas. Además, el aumento en las radiaciones ultravioleta en la  Tierra reduciría drásticamente los niveles de fitoplancton, base de la pirámide alimenticia en los océanos, afectando a la biodiversidad.

Los daños en la capa de ozono también tendrían efectos negativos sobre el crecimiento de las plantas, con importantes repercusiones en la agricultura.

Según los expertos, esta capa registra actualmente “una progresiva pero lenta recuperación”, y habrá que esperar hasta 2050 para igualar los niveles anteriores a los años ochenta. Las perspectivas son más pesimistas en el área antártica, donde se estima que hasta 2065 no se alcanzarán los niveles esperados.

Fuente: Muy Interesante

Hace tres años, el lugar que ves ilustrando estas líneas no existía. De repente, un volcán bajo el agua entró en erupción en el Pacífico Sur y, después de que el humo y las cenizas se dispersaron, una nueva masa de tierra había aparecido: una isla que nadie había visto antes. Así nació la isla volcánica Hunga Tonga, ubicada entre dos islas polinesias deshabitadas que forman parte del Reino de Tonga.

En los últimos 150 años, solo tres islas volcánicas han surgido así y sobrevivieron apenas unos pocos meses, siendo la más famosa de ellas Surtsey, que apareció frente a la costa sur de Islandia durante una erupción que comenzó en 1963.

Sin embargo, Hunga Tonga es diferente. Es el único tipo de isla que ha emergido en la era de los satélites modernos, lo que nos da una nueva forma de estudiar cómo evolucionan estas masas de tierra rocosa. De hecho, los científicos ya están utilizando datos satelitales para aprender todo lo posible sobre ella, antes de que la erosión la haga desaparecer de nuevo bajo las aguas.

Hay una gran cantidad de material que salió de esta erupción, posiblemente más grande que en Surtsey”, comenta la geóloga Vicki Ferrini de la Universidad de Columbia (EE. UU.), que está estudiando la isla junto a investigadores de la NASA.

Al principio, los científicos estaban convencidos de que Hunga Tonga duraría unos meses antes de desaparecer, pero la isla, que abarca unas 200 hectáreas y 120 metros de extensión sobre el océano, podría sobrevivir incluso 30 años.

Usando datos satelitales actualizados en tiempo real, el equipo de científicos está desarrollando mapas tridimensionales de la topografía de la isla, estudiando sus cambiantes costas y la cantidad de tierra que se encuentra sobre el nivel del mar.

Nuestro interés es calcular cuánto cambia el paisaje tridimensional con el tiempo, particularmente su volumen“, dice el científico jefe del Centro Goddard de Vuelos Espaciales de la NASA, Jim Garvin. “Es el primer paso para comprender las tasas de erosión y los procesos y para descifrar por qué persistió más de lo que la mayoría de la gente esperaba”.

Estos datos podrían informarnos sobre el comportamiento de tierras volcánicas que existen mucho, mucho más lejos, como en Marte.

“Todo lo que aprendemos sobre lo que vemos en Marte se basa en la experiencia de interpretar los fenómenos de la Tierra”, dice Garvin. “Creemos que hubo erupciones en Marte en un momento en que había áreas de aguas superficiales persistentes. Podríamos utilizar esta nueva isla de Tonga y su evolución como una forma de probar si alguna de ellas representaba un entorno oceánico o un lago efímero”.

Hay poco tiempo

Nadie sabe con certeza cuánto tiempo resistirá esta isla volcánica, pero sabemos que no vivirá para siempre, debido a los inestables acantilados de ceniza solidificada de Hunga Tonga que se erosionarán por completo en los próximos años.

Los hallazgos fueron presentados en la Reunión de Otoño 2017 de la Unión Geofísica Americana en Nueva Orleans esta semana.

NOTA: Si haces una búsqueda de ‘Hunga Tonga’ en la vista normal de Mapas de Google Maps, verás una ilustración obsoleta de dos islas separadas por una extensión de agua azul; pero si te mueves a la vista de satélite, la isla recién nacida se nos revela en todo su esplendor.

Fuente: Muy Interesante

Los bosques pierden cada año unos 15.000 millones de ejemplares.

Un grupo internacional de científicos concentrados en la Universidad de Yale (EE.UU.) ha estudiado la cantidad total de árboles en la Tierra. Para su sorpresa, las cifras resultan ser mucho más altas de lo que esperaban: nuestro planeta cuenta con más de tres billones de árboles, siendo Canadá el país con más ejemplares (318.180.524.032).

Para llegar a conocer estas cifras, que se traducen en 422 árboles por persona, los investigadores han tenido que recurrir a la estimación de la cantidad total, ya que los satélites empleados solo pueden observarlos desde una gran altura. Según el informe, publicado en la revista Nature, las imágenes de satélite revelan que existen aproximadamente 400.000 millones. “Así, combinamos estos datos con la información obtenida de la medición sobre el terreno de casi 430.000 bosques en más de 50 países”, comenta Thomas Crowther, autor principal del estudio.

A continuación, hicieron coincidir el recuento de número de árboles con las imágenes de satélite de los mismos espacios forestales, pudiendo trazar de esta manera tipos similares de bosques por cada kilómetro cuadrado del resto de la superficie de la Tierra.

Pero, ¿realmente son esto buenas noticias? Según los expertos, no es algo de lo que haya que presumir, teniendo en cuenta que los bosques se reducen a un ritmo vertiginoso, perdiendo cada año unos 15.000 millones de ejemplares. Ante los resultados de la investigación, los expertos han alertado de que en 2415 acabarían por desaparecer todos los árboles del mundo.

¿Y en España?

El Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF) también ha querido averiguar la cantidad de árboles que llenan de vida el territorio español. Para ello, ha realizado un análisis de los registros españoles. Según datos del tercer inventario forestal (IFN3) hay un total de 6.971.283.041 árboles, lo que equivaldria a 245 ejemplares por persona. Hay que tener en cuenta que los jóvenes que no llegan a 75 mm de diámetro normal no se han considerado en el recuento.

La comunidad autónoma que contiene más árboles es Castilla y León, seguida de Cataluña.El motivo, según Jordi Vayreda, investigador del CREAF, es que “Cataluña, además de ser un territorio con mucha superficie forestal, tiene muchos árboles por hectárea”. De hecho, esta región es una de las que cuenta con mayor densidad de árboles, concretamente 637, junto con La Rioja y Cantabria. La encina es la especie que predomina en todo el país, con un 19,12 por ciento de los árboles totales.

Fuente: Muy Interesante

 

Probablemente la mayoría erraría a la hora de dar una respuesta a esta pregunta. Este es el animal que vuela más rápido.

¿Cuál es el animal que vuela más rápido? Si has pensado que probablemente se trate del halcón peregrino ibas bien encaminado, pero no has acertado. Un equipo de científicos del Instituto Max Planck de Ornitología en Radolfzell (Alemania) ha descubierto que existe un nuevo favorito entre los animales más veloces del cielo. Sin embargo, no es un ave.

¿No es un ave? El mayor acróbata del aire no es un halcón peregrino (alcanza los 389 kilómetros por hora -en picado, eso sí-, ni un vencejo común (alcanza los 116 kilómetros por hora). Es… un murciélago: el murciélago sin cola de Brasil (Tadarida brasiliensis) ostenta el récord actual de animal más veloz en vuelo horizontal, ya que supera los 160 kilómetros por hora.

La forma aerodinámica de su cuerpo y unas alas más largas que el promedio de otras especies de murciélagos, representan la combinación perfecta para alcanzar velocidades tan asombrosas, compensando la resistencia al aire que ofrece su cuerpo. Eso sí, las hembras son un poco más veloces que los machos, ya que pesan algo menos: unos 11 gramos (los machos unos 14 gramos).

Lo curioso es que debido a la estructura de sus alas, los murciélagos generan mayor resistencia al aire, y generalmente se consideran voladores más lentos. Aquí tenemos la excepción a la regla.

Los animales con alas largas y estrechas por lo general vuelan más rápido que aquellos que cuentan con alas más cortas y anchas. Por esta razón, los científicos seleccionaron este tipo de murciélago para su estudio. Los propios expertos se sorprendieron por sus resultados: “Inicialmente, no podíamos creer nuestros datos, pero eran correctos: a veces, las hembras, que pesan entre 11 y 12 gramos, volaban a velocidades de más de 160 kilómetros por hora. Un nuevo récord para el vuelo horizontal”, según Kamran Safi, coautor del trabajo.

Los datos sobre las velocidades de vuelo de los murciélagos se recogieron utilizando un transmisor de radio que pesaba sólo medio gramo y que fue adherido a la espalda del animal con un adhesivo (que se desprendió solo tras varios días). La señal se localizó utilizando un receptor móvil instalado en un pequeño avión. “No fue fácil para el piloto seguir a los animales y medir su trayectoria de vuelo continuamente”, explica Dina Dechmann, coautora del trabajo. Los científicos también evaluaron los datos registrados por la estación meteorológica más cercana y anotaron las condiciones de viento en el momento de los vuelos estudiados.

Fuente: Muy Interesante

 

Su nombre científico es Synanceia horrida y habita en aguas tropicales de los océanos Índico y Pacífico

En el mundo submarino, no tienes que ser la criatura más grande para ser la mayor amenaza. El pez piedra o pez roca, que alcanza una longitud promedio de 30 a 40 centímetros y hasta 2 kg de peso, es el pez más venenoso del mundo, portando sacos venenosos en cada una de sus 13 espinas.

Aunque la amenaza para los buceadores responsables es minúscula, os contamos 5 datos que desearás conocer sobre estas interesantes y tóxicas criaturas submarinas (si te las encuentras).

1. Hay cinco especies de pez piedra que se pueden encontrar en las regiones costeras de los océanos del Indo-Pacífico.

2. Como el pez más venenoso en el mar, la mayoría asumiría que el pez piedra mata a su presa usando el veneno en sus espinas, pero este no es el caso. En cambio, el pez piedra captura a su presa con gran velocidad. Para cazar a la que va a ser su comida, los peces piedra esperan a que aparezca la presa y luego nadan rápido y la atacan velozmente. ¡El ataque puede durar apenas 0.015 segundos! Cuando no persigue a su presa, el pez piedra normalmente nada muy muy lentamente.

3. Tiene excelentes capacidades de camuflaje, por lo que el pez piedra puede ser difícil de distinguir. Si te gusta bucear, por supuesto que es emocionante detectar las criaturas que mejor se camuflan, pero recuerda prestar atención a lo que se esconde en el fondo rocoso o el coral.

4. No entres en pánico si lo ves, el pez piedra no se desviará de su camino para atacarte, sino que usará su veneno como mecanismo de defensa contra los depredadores. El veneno generalmente se libera cuando se aplica presión a la espina del pez piedra, lo que significa que el veneno se emite con más frecuencia cuando el pez piedra es atacado por un depredador o pisado por un humano. Nunca irá directo a atacar a un humano. Si por alguna razón accidentalmente pisas un pez piedra, busca tratamiento inmediato, ya que el veneno puede causar dolor severo, insuficiencia cardíaca e incluso la muerte si no se trata. El agua caliente se puede usar como alivio temporal; sin embargo, es esencial buscar atención médica y disponer de un antídoto.

5. El pez piedra puede sobrevivir hasta 24 horas fuera del agua, lo que es un rasgo poco común entre los peces.

Apariencia física

Fiel a su nombre, el pez piedra parece estar formado por rocas encostradas o escombros en el fondo del mar. Pero si se observa detenidamente, veremos algunas características interesantes, como que la mayoría son de color marrón o gris con manchas amarillas, anaranjadas o rojas en su cuerpo.

Fuente: Muy Interesante

¿Cómo de baja es la temperatura más fría a la que puede llegar la Tierra? Al parecer, más fría de lo que pensábamos.

Un nuevo estudio publicado en la revista Geophysical Research Letters muestra que el análisis de los datos de satélite evidencian que los valles en las capas de hielo de la Antártida pueden alcanzar cerca los -100 ºC. Esto es significativamente inferior al registro de – 93 grados Celsius observado en la misma área.

Los científicos alcanzaron este nuevo dato tras analizar de nuevo las lecturas de los satélites de observación de la Tierra. En 2013, un equipo de científicos del Centro Nacional de Datos sobre Nieve y Hielo de la Universidad de Colorado Boulder (EE.UU.) anunció haber encontrado temperaturas superficiales de -93ºC en varios puntos de la Meseta Antártica Oriental; ahora, al recalibrar estas lecturas con datos actualizados tomados de estaciones meteorológicas en el terreno, han descubierto que los sitios más fríos en realidad son mucho más fríos de lo se creía: alcanzan los -98ºC.

Estas temperaturas se observan durante la noche del Polo Sur y “parecen ser tan bajas como es posible alcanzar”, según el equipo internacional de investigadores que trabajaron en el estudio. Dichas temperaturas bajo cero se mantienen hasta 3 metros de profundidad.

El nuevo estudio de los datos también arrojó algo interesante acerca de cómo se producen estos mínimos récord: para alcanzar este punto bajo no solo son necesarios cielos despejados, sino que el aire también debe ser extremadamente seco, porque cualquier vapor de agua en el aire tiende a calentarlo, aunque ligeramente.

 

Los científicos analizaron los datos de los satélites Terra y Aqua de la NASA, además de los satélites ambientales Polar de la NOAA (National Oceanic and Atmospheric Administration’s), registrados entre 2004 y 2016. Los mayores descensos de temperatura ocurren durante la noche durante el invierno en el hemisferio sur, que se corresponden con los meses de junio, julio y agosto.

Los investigadores afirman que la temperatura podría descender aún más, aunque se necesitaría una inusual cantidad de cielos despejados y aire seco para conseguirlo.

Encontraron docenas de sitios con temperaturas tan frías; sin embargo, teniendo en cuenta que la misma temperatura se registró en varios lugares a lo largo del glaciar, incluso a muchos cientos de kilómetros de distancia, los científicos creen que este podría ser el límite de temperatura más baja en la Tierra.

Y podría ser un registro que no se rompa en mucho, mucho tiempo.

El aumento de los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera y los niveles elevados de vapor de agua como resultado, representa que las condiciones necesarias para temperaturas súper frías son cada vez más raras.

“Los procesos radiactivos que controlan las bajas temperaturas de la superficie y del aire, y la composición cambiante de la atmósfera, implican que en el futuro podemos ver menos eventos de temperaturas extremadamente extremas”, escriben los autores.

Fuente: Muy Interesante