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De acuerdo a estudios realizados, las ballenas aumentan la velocidad de natación y modifican su posturas para evitar los picotazos de las aves. Temen que este fenómeno en incremento lleve a los cetáceos a migrar a otros lugares y destruya uno de los principales atractivos del turismo nacional e internacional en Chubut.

Los constantes ataques de las gaviotas a las ballenas que cada año llegan a la zona del Golfo Nuevo, en la Patagonia argentina, provocan inquietud entre los científicos por sus graves consecuencias en salud de los cetáceos, que podrían mudarse a otros lugares de la costa, terminando así con un importante recurso turístico. Los porcentajes de ballenas atacadas por gaviotas crecieron “al 38 por ciento en 1990, al 68 en 2000 y al 77 en el año 2008. No hay otro sitio en el mundo donde se registren ataques de gaviotas a ballenas con la intensidad y frecuencia de Península Valdés“, aseguran investigadores citados por la agencia italiana ANSA.

“Las ballenas aumentan su velocidad de natación y cambian su postura de descanso arqueando la espalda para evitar los picotazos, que interrumpen el amamantamiento y el normal desarrollo de las ballenas recién nacidas“, explicó a ANSA Mariano Sironi, director científico del Instituto de Conservación de Ballenas (ICB). “Estos ataques, registrados por primera vez en 1972 como un comportamiento casi casual, hoy tienen una frecuencia alarmante, con una tasa promedio de alrededor de 12 ataques por hora para la zona de El Doradillo, uno de los principales sitios de crianza de las ballenas“, explicó a ANSA Marcelo Bertellotti, del Centro Nacional Patagónico del Consejo Nacional de Investigación Científica y Técnica (CONICET).

“Más del doble de los ataques que reciben las madres (9 por hora) son dirigidos a las crías (hasta 18 por hora), con serias consecuencias -agregó-: disminución del tiempo de lactancia de los ballenatos, de modo que las crías podrían no alcanzar el peso necesario para abordar la migración; gasto de energía de las madres; importantes heridas que aumentan el riesgo de enfermedades y muerte de los ballenatos“.

“Al final de la temporada (de mayo a diciembre, NDR) prácticamente la totalidad de las crías terminan lastimadas. Las gaviotas les comen la piel y algo de grasa. Se puede afirmar que la población de ballenas francas australes hoy en Península Valdés no tiene un estado sanitario óptimo“, advirtió Daniel Pérez Martínez, director del proyecto Patrones de Uso de la Bahía Nueva por parte de Embarcaciones y Ballenas y consultor en temas ambientales. La especie se ve afectada además por el cambio climático global, con una “posible disminución de alimento por el derretimiento del casco polar, que afecta los ciclos reproductivos del krill”, precisó.

El origen de la proliferación de gaviotas, explicaron ambos especialistas, es un aumento desmedido de la población de aves por la provisión de abundante alimento en los basurales a cielo abierto que existen en Puerto Madryn, una de las principales ciudades de la región, y el descarte pesquero en tierra y mar abierto.

“Con mi equipo estamos monitoreando las tasas de ataque”, confirmó Bertellotti: “Lamentablemente, hemos visto aumentar alarmantemente la tasa de ataques, un comportamiento que se propaga también por aprendizaje en la generación de gaviotas más jóvenes”.

“Los análisis de nuestro catálogo de fotoidentificación de ballenas francas de Península Valdés, desarrollado conjuntamente con el Whale Conservation Institute/Ocean Alliance, indican que en 1974 sólo el 1 por ciento de las ballenas francas tenían en sus lomos heridas producidas por las gaviotas“, advirtió Sironi, del ICB.

Para Bertellotti, “ya no se puede dejar a la naturaleza que se regule sola: es necesario intervenir para recuperar el equilibrio roto“.

La solución, agregó, “tiene al menos tres partes indisociables: por un lado es necesario eliminar las fuentes de alimento para las gaviotas, es decir eliminar los basurales a cielo abierto y los descartes en el mar; pero también será necesario reducir las poblaciones de gaviotas con métodos eutanásicos bioéticamente correctos. El tercer componente de esta trilogía es el monitoreo”.

Alejándose de las polémicas sobre los riesgos de intervenir en un proceso natural, Pérez Martínez puntualizó: “De hecho ya existe una intervención, sea con acciones directas o no haciendo nada“.

Los turistas que realizan avistajes de ballenas desde la costa o embarcados -una de las principales actividades en la región entre mayo y diciembre- también son frecuentes testigos de estos ataques, que podrían alejar a las ballenas y, en consecuencia, poner fin al recurso turístico.

“En un escenario A, las ballenas ‘huyen’ de la zona de impacto alejándose del acoso; la población tiene menos riesgo de afectar la actividad turística, a la vez que las ballenas pierden los mejores hábitats de crianza”. “En un escenario B, las ballenas ‘no se dan cuenta’ de la afectación de los ataques y se quedan en un hábitat que pierde calidad, que tiene acoso y con riesgo de enfermedades“.

“Hoy nadie puede afirmar que las ballenas se van, pero tampoco afirmar que se quedarán. Si un científico logra demostrar que se van o que la población declina por las gaviotas -concluyó- entonces obviamente será demasiado tarde”.

 

Rawsonline/OPI Santa Cruz

 

Mariano Sironi continúa compartiendo información de otras de las líneas de investigación que se presentaron en el Comité Científico de la Comisión Ballenera Internacional.

“Una de las líneas de investigación más recientes que estamos desarrollando busca comprender la relación entre la intensidad de los ataques de gaviotas cocineras a las crías de ballenas francas de Península Valdés y sus niveles de estrés fisiológico. Este estudio es liderado por el Biólogo Alejandro Fernandez Ajó, investigador del ICB y becario doctoral Fulbright-Ministerio de Educación en la Universidad del Norte de Arizona, USA.

Los glucocorticoides son hormonas cuyos niveles aumentan en respuesta a situaciones de estrés agudo o crónico. En las ballenas, estas hormonas se depositan a lo largo de la vida en diferentes tejidos como las barbas entre otros. Las barbas al presentar crecimiento continuo, mantienen un registro muy claro de los niveles de hormonas en el tiempo. En las crías que mueren al poco tiempo de nacer, el análisis de una barba permite conocer con precisión los niveles de estrés que las crías tuvieron a lo largo de su breve vida, incluyendo parte de su gestación. Medimos los niveles de glucocorticoides en dos ballenatos que tenían muy pocas o ninguna herida producida por gaviotas y los comparamos con los de dos ballenatos que tenían muchas heridas. También analizamos el caso de una cría de ballena franca del Atlántico Norte que murió al ser colisionada por un barco, es decir, una muerte por trauma agudo sin estrés fisiológico previo.

Los resultados fueron sorprendentes: las dos crías con muchas lesiones de gaviotas tuvieron niveles de hormonas de estrés elevadísimos previo a su muerte, mientras que en las otras tres crías los niveles fueron muy bajos. Si bien el número de casos que analizamos en este estudio preliminar es bajo, los resultados llamaron la atención del Comité Científico, cuyos miembros recomendaron la continuación de este interesante trabajo por su alto valor diagnóstico para comprender los procesos biológicos en relación con las mortandades inusuales de ballenas en Península Valdés.

 

 

Instituto de Conservación de Ballenas