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Jonathan Luis Rojas Vera se alojó en un hotel de Comodoro Rivadavia. Pero terminó retorcido de dolor y casi delirando en su habitación, sin poder sacar la droga de su cuerpo. La Policía lo descubrió, lo operaron en el Hospital Regional y lo sentenciaron por tenencia para comerciar en un juicio abreviado.

Jonathan Luis Rojas Vera es un ingeniero en refrigeración chileno que se tragó 20 cápsulas de cocaína suficientes para armar casi 5 mil dosis. Bajó en el aeropuerto de Comodoro Rivadavia para intentar vender la droga en la ciudad. Pero no soportó el dolor, la Policía lo descubrió y terminó operado y condenado a cuatro años de prisión por tenencia de estupefacientes para comercializar. Fue un juicio abreviado donde admitió el episodio.

Al fallo lo firmó la jueza federal de Comodoro Rivadavia, Nora Cabrera de Monella. Vera Está preso en la Unidad Nº 6 del Servicio Penitenciario Federal de Rawson.

La mañana del 10 de noviembre de 2015, el encargado del Hotel Playallamó a la Comisaría del barrio Mosconi. Personal de Drogas Peligrosas concurrió a revisar una situación anómala con un pasajero en la habitación 24. Era Vera, único ocupante, en mal estado de salud. Golpearon varias veces hasta que les pidió que entraran. Había sustancia blanca, pastillas laxantes Dulcolax y un kit de enema Enemol. Todo indicaba que era una “mula”: se había hospedado la madrugada del domingo, era martes y aún no salía de la habitación.

La puerta estaba sin llave. En una cama estaba Vera semi desnudo, de nervios excitados. Le pidieron vestirse e identificarse. Había una valija donde había cuatro envoltorios cilíndricos con nylon transparente, que llamaron la atención. El sujeto entregó la documentación pero no quitaba la vista de esos envoltorios. Vieron en el piso, al lado de la media, restos de sustancia blanca.

Vera deliraba: hablaba de una pareja en Colombia, que estaba en Chile, que no reconocía estar en un hotel en Chubut, le parecía que estaba en su casa y que su esposa se había ido a comprar leche para su hijo.

Hallaron tickets de la empresa La Veloz y de LAN con escalas por Salta y Buenos Aires, cuatro fajas de efectivo, un celular, una caja de chip de Claro, guantes de nylon descartables, Sertal, Buscapina, una caja de “Latulon Latulosa”, una tableta de amoxicilina, plata chilena y boliviana.

En el baño se observó una mancha de materia fecal líquida en el suelo y en la basura, un enema usado. Vera había entrado al país el 6 de noviembre.

Lo trasladaron al Hospital Regional. Le operaron el colon y le extrajeron 20 cápsulas, suficientes para preparar 4.905 dosis. Pesaban 14 gramos, cuando la media de los narcos es de 8 a 10 gramos. Su vida corrió riesgo.

René Álamos era recepcionista y administrativo en el Hotel Playa. declaró que se presentó a trabajar a las 7 y su compañero, Mario Boari, del turno noche, le habló de un pasajero enfermo. Le había dado té de tilo. Álamos quedó intranquilo, temeroso de algo grave.

A las 10 golpeó la puerta. Vera se quejaba de dolor y gritaba que no se podía levantar. Llamó por teléfono al dueño del Hotel, Carlos Goicoechea, quien le dijo que llamara a la Policía de Km. 3.

Al escuchar sólo gritos de dolor, deliraba y no se le entendía qué decía, decidieron entrar. La Policía lo esposó porque sospechaba de las cápsulas guardadas en la mesa de luz.

Otra de las empleadas, Claudia Itati Insaurralde, el lunes 9 de noviembre preguntó por el pasajero. Una de las mucamas le dijo que no había salido de la habitación. Le llamó la atención que no hubo cambio de toallas ni sábanas. Golpeó en la habitación y Vera le respondió que estaba descompuesto. Le dijo que iba a llamar a un médico y respondió “Bueno, señora”. Nunca le había visto la cara.

Llegaron un médico y un enfermero. Vera les dijo: “Adelante, no puedo abrir la puerta porque no puedo caminar, está abierta”. Estaba acostado con el torso desnudo, en bóxer, muy alterado. Volaba de fiebre. El médico lo inyectó. “Le dijo que la garganta estaba muy irritada y que cuando se le pasara un poco se diera una ducha y se acostara para que le bajara más la fiebre”.

El médico le dijo a la empleada que se fijara cómo estaba el paciente cuando bajara a desayunar y que si para las 10 no salía ni respondía a los llamados, buscara a la Policía porque se podía descompensar. A Vera lo esposaron en una silla, con jeans y el torso desnudo.

Mario Boari fue el conserje que recibió a Vera la madrugada del domingo 8. Había llegado en un taxi desde el Aeropuerto, proveniente de Bolivia. Llevaba una valija y había reservado cama vía mail. Boari lo guió a su habitación y regresó al hall.

A los cinco minutos Vera bajó y le dijo: “Me duele el vientre”. El conserje le dio tilo y manzanilla porque no había farmacias abiertas. La “mula” regresó a la habitación.

De noche y si no hay viento, el hotel es muy silencioso y se escuchan los ruidos. El empleado percibió la descarga continua de la mochila del inodoro. “Pensé en este pasajero que verdaderamente estaba muy descompuesto”. A las 7, cuando Álamos tomó el turno, le comentó la situación. El lunes Boari tuvo franco y recién el martes se enteró por el diario.

Según la sentencia, “debe remarcarse que por la experiencia recogida en el Tribunal las redes de narcotraficantes, en cuanto a la distribución de la droga, se van adecuando a modalidades que le resultan cada vez más fáciles y prácticas, más aún en la cocaína, de mayor precio y un gramo hace diferencia”.

La droga que tragó Vera tenía una pureza del 92%: “Da la pauta que su destino era el fraccionamiento y estiramiento con sustancias de corte para su venta”, dedujo la jueza.

“Evidentemente aquí como en tantos otros casos, la entrega que debía hacer la “mula” se complicó, frustrándose parte de la operación vil, y terminó en el hospital, antes que con su destinatario. La investigación no se profundizó y nada más se descubrió”, criticó.

El hombre tiene 26 años, es de El Bolsón y fue sorprendido en un micro de larga distancia cuando pasaba por Esquel. También hará 100 horas de trabajo comunitario para no ir un año a prisión. “Los esfuerzos para detener el avance de esta epidemia resultan insuficientes”, advirtió la sentencia.

Para evitar un año de cárcel por tenencia de cocaína, el Tribunal Oral Federal de Comodoro Rivadavia ordenó que un hombre de 26 años termine la escuela secundaria y realice 100 horas de trabajo comunitario a favor del Estado o de una institución de bien público. Se trata de Matías Daniel Bischof, cuya pena de prisión por ahora quedó en suspenso. Debido a su adicción, también se realizará una pericia médica para determinar si es necesario imponer una medida de seguridad curativa. La sentencia la firmó la jueza Nora Cabrera de Monella.

Bischof es de El Bolsón, Río Negro. La causa se inició con una actuación del Escuadrón Nº 36 “Esquel” de la Gendarmería. La noche del 29 de agosto de 2016 realizaba un operativo de prevención sobre la ruta 259 en la portada de acceso a esa ciudad. Un can antinarcóticos revisó un colectivo de Andesmar que iba de Mendoza a Caleta Olivia. Detectaron el momento en que Bischof arrojó un paquete hacia la butaca lindante. Era un envoltorio marrón con cocaína suficiente para 400 dosis.

Al declarar en el juicio, contó que ese año trabajó hasta principio de agosto, juntó plata y “cometió el error de comprar la cocaína en la feria de El Bolsón. Cometió el error de venirse para Comodoro y asegurarse una cantidad para su consumo. Fumaba crack”. Explicó que “en una noche puede consumirse 5 o 3 gramos si la fuma, que tenía para consumir un mes, hasta que consiguiera trabajo”.

Consiguió empleo y dijo estar arrepentido. “Conoció a una chica, se quiere juntar y no quiere terminar mal como todos terminan, le sirvió de experiencia. Se hizo cargo, fue una equivocación suya, jamás vendió ni suministró droga, simplemente fue consumidor y hace 6 meses está fuera”. Consultó con una psiquiatra en el Hospital y le aconsejó un tratamiento formal y ansiolíticos. Toma clonazepan. “Por la ansiedad a veces consume aceite de cannabis; no quiere ir preso, quiere comenzar de nuevo. En ese entonces pagó $ 20.000 por la cocaína. Hasta temporada alta no volvía a tener trabajo en El Bolsón”. Ahora trabaja en un boliche nocturno y por la tarde hace mantenimiento con refacciones de todo tipo. Hace carpintería y artesanías. “En un boliche trabaja 3 o 4 días a la semana y en el otro cuando lo llaman. Aparte trabaja en construcción en seco y están armando un local con un amigo que es chef”. Le falta una materia del secundario. “Se crió entre camiones, tiene mucho conocimiento en chapa y pintura. Su padre es camionero. Se desenvuelve bien con la madera”. Antes de subir al colectivo fumó y subió inhalando. “Estaba re drogado, cree que por eso lo bajaron”.

Uno de los gendarmes habló con el joven. “Le dijo que no estaba para esa actividad, que lo miró porque tiene similitud con su hijo y él escondió la mirada; le manifestó que eso no era de él, que lo había encontrado en la plaza de El Bolsón, que hubo una reyerta de hippies en la plaza, uno arrojó eso, él lo agarró y se lo metió en la mochila”.

En su fallo, la jueza advirtió que “la droga es un flagelo que ha invadido nuestra sociedad, todos los estratos sociales están atravesados, sin distinción alguna ha penetrado con una vehemencia inusitada y ha ocurrido ante la indiferencia de algunos y la complicidad de otros, donde la ausencia de valores y la desintegración de la familia es cultivo para las mentes corruptas y asesinas”.

“Los esfuerzos para detener el avance de esta epidemia resultan insuficientes, deben construirse políticas de Estado que por un lado fortalezcan la prevención –sobre todo en los niños y jóvenes-, y que por otro lado combatan el tráfico, desterrando toda práctica que favorezca su crecimiento. Se necesitan más recursos, humanos y materiales, pero sobre todo decisión y convencimiento de que no queremos para nuestra sociedad, ni para nuestras familias este cáncer que destruye. Minimizar o relativizar la acción no ayuda, se debe crear conciencia”.

Fuente: Jornada

Tienen 19 y 22 años y fueron detenidas con cuatro paquetes adosados a su cuerpo.

Dos jóvenes de nacionalidad paraguaya que arribaban a Comodoro Rivadavia en un colectivo de larga distancia, fueron detenidas con más de cuatro kilos de cocaína que llevaban en paquetes adheridos a sus cuerpos.

El procedimiento fue realizado por personal del Escuadron 41 Comodoro Rivadavia de Gendarmería Nacional, dependiente de la XIV Agrupación Chubut. Se trató de un operativo de prevención sobre la Ruta 3 en el acceso norte de la ciudad petrolera, al arribar al puesto de control un transporte de servicio regular de pasajeros.

Los gendarmes hicieron un control de rutina de los documentos de identidad de los pasajeros, que provenían de la terminal de Liniers, en la Ciudad de Buenos Aires, con destino a Comodoro. Cuando los efectivos recabaron los antecedentes de una joven de 19 años que ocupaba una de las butacas, surgió que la misma registraba una solicitud de paradero vigente. Fue allí cuando la mujer adoptó una posición extraña en la butaca, lo que despertó sospechas a los gendarmes. Cuando la joven fue requisada por personal femenino, se constató que en la zona lumbar tenía dos paquetes tipo “ladrillos” adosados que contenían cocaína. Tras realizarse el test, se confirmó la sustancia y un peso de 2,119 kilos.

Mientras se seguía desarrollando el control de personas, se dio con otra joven también de nacionalidad paraguaya, de 22 años, con una situación de solicitud de paradero similar a la anterior, que al ser revisada también tenía dos paquetes adosados a su cuerpo con un peso de 2,218 kilos de cocaína, sumando entre las dos incautaciones un total de 4,247 kilos.

Ambas mujeres tenían en su poder pasajes para continuar viaje hasta la ciudad de Río Gallegos (Santa Cruz) en otra empresa de colectivos.

Gendarmería dio intervención a la Fiscalia Federal y al Juzgado Federal de Comodoro Rivadavia, y las dos jóvenes quedaron detendidas e incomunicadas. Además, se les incautaron tres teléfonos celulares que portaban al momento de la detención.

Fuente: Jornada