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El coronavirus ataca principalmente los pulmones, pero también los riñones, el hígado y los vasos sanguíneos. Aun así, cerca de la mitad de los pacientes reportan síntomas neurológicos, como dolor de cabeza, desorientación y delirio, lo que sugiere que el virus también puede atacar el cerebro. Un estudio nuevo presenta la primera evidencia clara de que, en algunas personas, el coronavirus invade las neuronas y las secuestra para hacer copias de sí mismo. Al parecer, el virus también absorbe todo el oxígeno a su alrededor y mata de hambre a las células vecinas.

No está claro cómo llega el virus al cerebro o con qué frecuencia desencadena este rastro de destrucción. Es probable que la infección del cerebro sea poco frecuente, pero algunas personas quizá sean más propensas debido a sus antecedentes genéticos, una carga viral alta o por otras razones.

“Si el cerebro se infecta, podría tener una consecuencia mortal”, afirmó Akiko Iwasaki, inmunóloga de la Universidad de Yale que dirigió la investigación.

El estudio se divulgó en línea el miércoles y aún no ha sido revisado por expertos para su publicación oficial, pero varios investigadores señalaron que era cuidadoso y sofisticado, y que mostraba múltiples maneras en las que el virus podría infectar las neuronas.

Los investigadores han tenido que depender de las imágenes cerebrales y los síntomas de los pacientes para dilucidar los efectos del virus en el cerebro, pero “no habíamos visto realmente mucha evidencia de que el virus pudiera infectar el cerebro, a pesar de que sabíamos que era una posibilidad”, señaló Michael Zandi, neurólogo asesor del Hospital Nacional de Neurología y Neurocirugía del Reino Unido. “Estos datos solo proporcionan un poco más de evidencia de que en efecto puede infectarlo”.

Zandi y sus colegas publicaron en julio una investigación que muestra que algunos pacientes con COVID-19, la enfermedad causada por el coronavirus, desarrollan complicaciones neurológicas graves, entre las que están daños a los nervios.

En el nuevo estudio, Iwasaki y sus colegas documentaron la infección cerebral de tres maneras: en el tejido cerebral de una persona que falleció a causa del COVID-19, en un espécimen de ratón y en organoides, grupos de células cerebrales en una placa de Petri que tienen la finalidad de imitar la estructura tridimensional del cerebro.

Se sabe que otros patógenos (incluyendo el virus de Zika) infectan las neuronas. Entonces, las células inmunitarias inundan los lugares dañados, tratando de limpiar el cerebro mediante la destrucción de las células infectadas.

El coronavirus es mucho más sigiloso: se vale de la maquinaria de las neuronas para multiplicarse, pero no las destruye. En lugar de eso, les corta el oxígeno a las células adyacentes, lo que ocasiona que se marchiten y mueran.

Los investigadores no encontraron evidencia alguna de una respuesta inmunitaria para solucionar este problema. “Es una especie de infección silenciosa”, dijo Iwasaki. “Este virus tiene muchos mecanismos de evasión”.

Estos hallazgos coinciden con otras observaciones en organoides infectados de coronavirus, señaló Alysson Muotri, neurocientífico de la Universidad de California en San Diego, quien también ha estudiado el virus de Zika.

SEgún el estudio, al parecer, el coronavirus disminuye rápidamente la cantidad de sinapsis, las conexiones entre las neuronas.

“A unos días de la infección, ya vemos una reducción drástica en la cantidad de sinapsis”, comentó Muotri. “Todavía no sabemos si eso se puede revertir o no”.

El virus infecta una célula mediante una proteína en su superficie llamada ACE2. Esa proteína está presente en todo el cuerpo y en especial en los pulmones, lo que explica por qué son los blancos favoritos del virus.

Estudios anteriores han sugerido, con base en una variable de los niveles de proteína, que en el cerebro hay poca presencia de ACE2 y que es probable que no se vea afectado. No obstante, Iwasaki y sus colegas observaron con mayor detenimiento y descubrieron que de hecho el virus podía introducirse en las neuronas a través de esta entrada.

“Está bastante claro que está expresada en las neuronas y es necesaria para entrar”, dijo Iwasaki.

A continuación, su equipo analizó a dos grupos de ratones: uno con el receptor ACE2 expresado solo en el cerebro, y el otro con el receptor solo en los pulmones. Cuando inocularon el virus en estos ratones, los ratones con la infección en el cerebro bajaron de peso rápidamente y murieron en seis días. En los ratones con infección en los pulmones no sucedió ninguna de las dos cosas.

A pesar de las advertencias de los estudios con ratones, los resultados aún sugieren que la infección del virus en el cerebro puede ser más mortal que la infección respiratoria, afirmó Iwasaki.

El virus puede llegar al cerebro a través del bulbo olfativo (que regula el olfato) a través de los ojos o incluso desde el torrente sanguíneo. No está claro qué ruta está tomando el patógeno, ni si lo hace con la frecuencia suficiente como para explicar los síntomas que se observan en las personas.

 

La insuficiencia renal y problemas cardíacos son algunas de las posibles complicaciones en los pacientes con covid-19.

Además del daño pulmonar y las dificultades respiratorias, muchos pacientes con el covid-19 pueden desarrollar también complicaciones en otras partes del cuerpo, como por ejemplo problemas cardíacos y renales.

Según revelaron 80 médicos del Servicio Nacional de Salud del Reino Unido, citados por The Financial Times, el covid-19 puede dañar mucho más que los pulmones y el sistema respiratorio en pacientes que se enferman de gravedad, afectando los riñones, el corazón y ocasionalmente incluso el cerebro.

Daniel Martin, jefe de cuidados intensivos para enfermedades infecciosas graves en el Royal Free Hospital en Londres, señaló que el covid-19 no es simplemente una enfermedad que ataca los pulmones, sino que también está causando «altas tasas» de insuficiencia renal aguda como resultado de complicaciones en el tratamiento de la enfermedad.

Por su parte, el diario italiano Corriere della Sera publicó una estadística que mostraba que en el Reino Unido de los 690 pacientes que estaban hospitalizados en cuidados intensivos, el 25 % necesitaban apoyo cardiovascular avanzado, el 18,5 % requerían diálisis, mientras que el 4,5 % necesitaban apoyo neurológico. La insuficiencia renal aguda parece ser una de las complicaciones más frecuentes.

La revista Radiology, a su vez, publicó un estudio en el que dice que «aunque los pacientes suelen presentar fiebre, dificultad para respirar y tos, se ha informado de manifestaciones neurológicas, aunque en menor medida».

El documento describió el caso de una mujer con covid-19, quien desarrolló una enfermedad cerebral rara conocida como encefalopatía necrotizante aguda, una condición que puede ser desencadenada por infecciones virales. No obstante, por el momento no se logró demostrar que el daño cerebral estuviera asociado con la infección por el coronavirus.

Impacto en el corazón

De acuerdo con un estudio, citado por el portal Kaiser Health News, más expertos en cardiología comienzan a creer que el coronavirus puede afectar directamente el músculo cardíaco, algo que genera la necesidad de nuevas precauciones en personas con problemas cardíacos preexistentes.

Anteriormente, un equipo de investigadores de Wuhan (China) determinó que existe una relación significativa entre los trastornos del sistema cardiovascular y la mortalidad de los pacientes infectados.

«Es extremadamente importante responder la pregunta: ¿Su corazón está siendo afectado por el virus y podemos hacer algo al respecto? Esto puede salvar muchas vidas al final», dijo Ulrich Jorde, del Centro Médico Montefiore en Nueva York.

«Tenemos que suponer, tal vez, que el virus afecta al corazón directamente. Pero es esencial averiguarlo», sostiene Jorde.

No es fácil de determinar cómo afecta el virus al corazón, en parte porque una enfermedad grave por sí sola ya puede influir en la salud del corazón. «Alguien que está muriendo de una neumonía grave finalmente morirá porque el corazón se detiene», explica Robert Bonow, profesor de cardiología en la Escuela de Medicina Feinberg de la Universidad Northwestern (EE.UU.).

Además, una afección como la neumonía puede causar inflamación generalizada en el cuerpo que también puede causar una afección conocida como miocarditis y provocar el debilitamiento del músculo cardíaco y, en última instancia, la insuficiencia cardíaca.

La neurociencia se dedica a estudiar los mecanismos que regulan las reacciones nerviosas y la actividad cerebral. La información obtenida sirve para entender cómo determinadas acciones repercuten en la conducta, los pensamientos y las emociones de las personas. En un tejido de pandemia por el coronavirus, un experto en el tema indaga las razones del acopio desmesurado, la frustración socialante la cuarentena y la necesidad de romper el aislamiento.

Se trata del Ingeniero Federico Fros Campelo, docente del ITBA en el programa “neurociencia aplicada a la toma de decisiones”. Este investigador en psicología cognitiva y evolutiva, autor del libro Mapas emocionales, entiende también que nuestras pautas de comportamiento se puede explicar a través de diferentes instintos elementales.

“Vivimos en una sociedad mimética y el instinto de imitación es considerado una actitud típica de la manada que nos ayuda a sobrevivir. Desde los niños más pequeños que repiten lo que dicen los mayores para mejorar su aprendizaje, hasta los adultos que copian la vestimenta de sus semejantes para dar origen a las modas. Por eso, cuando uno ve que su vecino fue al supermercado en medio de la cuarentena y trajo dos changos repletos, muchos siguen ese ejemplo porque estos actos están asociados a un reflejo grupal”, ejemplifica.

Desde el punto de vista biológico, el instinto es un término que nos recuerda que somos una rama de mamíferos evolucionada. El propósito de estas pautas de comportamiento hereditarias es facilitar la adaptación, ya que están programadas en el cerebro de nuestra especie para garantizar protección y resguardo.

“Ante todo somos seres sociales que fuimos evolucionando en manada. Cuando alguien queda aislado del grupo, como ocurre con la cuarentena, la falta de contacto físico genera un impacto fisiológico que produce alteraciones en los ritmos del sueño y en sus hormonas. La sensación que se siente es muy similar al rechazo. Esta y otras conductas tienen su razón de ser en el funcionamiento del cerebro”, describe Fros Campelo.

La realidad que uno percibe -explica- no es un fiel reflejo del mundo exterior, es una predicción cosechada por los sentidos, que el cerebro se encarga de analizar, sintetizar y transmitir. El conflicto surge cuando la información que ingresa es ambigua, ya que las señales se contradicen entre sí.

«La incertidumbre, que es otro instinto básico, genera emociones negativas ya que el cerebro no logra descifrar qué va a suceder en lo inmediato. Su ejercicio más frecuente es trazar modelos de realidad para intentar explicarla. Pero al no disponer de recursos suficientes para una interpretación –porque es algo inédito, como el confinamiento- se generan teoría de complot. Esto incluye que el coronavirus es una infección programada en laboratorios o que las vacunas son un invento”, sintetiza Campelo.

Lo cierto es que el cerebro necesita encontrar un significado y un equilibrio a todo lo que ve. Si no da con ninguna respuesta satisfactoria, reinterpreta los datos en función del contexto y después de haber extraído la información disponible, llega a una conclusión.

«Cuando el órgano opera con normalidad, rige el pensamiento secuencial y se da la vinculación causa-efecto. Pero cuando domina la incertidumbre, las causas y los efectos pueden ser reemplazadas con premisas falsas, lo que conducen a la superstición. El miedo a lo inexplicable puede desembocar en pensamiento mágico. Y nos hace creer que todas las noticias que nos llegan son ciertas”, señala.

El cerebro es el órgano que se encuentra detrás de todas las emociones, a través del sistema límbico. El miedo, la alegría, la tristeza, la rabia y otras manifestaciones, tienen una base neurológica en esta red.

«Las emociones son una herramienta adaptativa que informa al entorno sobre el estado anímico de una persona. Ante la falta de contacto físico, nuestra empatía, que es otro instinto, se resiente y nos cuesta cada vez más ponernos en el lugar del otro. También nos vuelve más egoístas, menos sociables. Las charlas virtuales, en parte puede suplir esta carencia y permitir que, pese a no poder tocar al otro, se lo pueda ver y escuchar”, advierte Fros Campelo.

La oxitocina es una poderosa hormona que se fabrica en el cerebro. Una de sus funciones es la de fortalecer vínculos de proximidad. Y si bien sus niveles en sangre pueden ser altos y beneficiosos, también pueden disminuir por el aislamiento y provocar el efecto contrario.

“La oxitocina, además de ser una hormona, es un neurotransmisor que promueve el sentimiento de pertenencia, fundamental en nuestra especie y está implicada en comportamientos relacionados con la confianza, el altruismo, la generosidad, la formación de vínculos y la empatía. Su ausencia puede provocar estrés, ansiedad y agresión. Ante la falta de contacto, se puede engañar al cerebro a través de la tecnología. Ya que el videochat brinda una sensación de falsa realidad. Es un efecto similar al de la pornografía, donde use se siente acompañado aunque sabe que está solo”, advierte Campelo.

En los momentos de aburrimiento el cerebro activa una parte del lóbulo parietal medial que permite planificar escenarios posibles o proyectar nuevas soluciones. El problema surge cuando el tedio se vuelve crónico por el aislamiento, la persona empieza a desconcentrarse, acumula tensión y necesita escapar de su encierro.

“Ante una situación inédita, el cerebro libera dopamina, el neurotransmisor relacionado con la sensación de bienestar y la intensidad de las recompensas. Pero ante la falta de novedad, los estímulos se reducen y el aburrimiento se hace presente. La gente que cumple cuarentena está buscando despejarse pero como todo gira en torno al coronavirus se produce un efecto túnel, es decir, ante la necesidad de centrar y concentrar la atención en el virus y no ver más allá de la amenaza”.

 

Los médicos le extirparon al paciente un organismo de 12 centímetros que tenía alojado en su cuerpo.

Los médicos de un hospital en China descubrieron que un parásito de 12 centímetros estuvo comiéndole el cerebro a un hombre durante 15 años. El paciente de 36 años, que se apellida Wang, se infectó con el parásito en 2004 porque en ese momento comía caracoles de río fritos con su jefe todo el tiempo. Un año después de consumirlos, empezó a tener vómitos. Además, sentía debilidad en sus músculos y se le entumecían las extremidades.

De acuerdo al medio local Guangdong Radio and Television Station, su estado de salud era tan malo que tuvo que renunciar al trabajo. Los doctores le diagnosticaron de manera errónea un tumor maligno y recibió tratamiento por el cuadro.

Con el transcurso del tiempo, Wang comenzó a sufrir convulsiones y también se desmayaba durante el día, según sus palabras.

Así estuvo durante años, hasta que en 2018 detectaron que su deterioro se debía al Sparganum mansoni, un organismo que se contagia por beber agua contaminada por crustáceos infectados o consumir carne cruda o mal cocida de un animal, explican los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos​.

El hombre se sometió este año a una operación de dos horas en un hospital de Guangzhou para que le extirpen el parásito que estaba alimentándose de sus tejidos. «Debido a que el gusano estaba vivo, se habría arrastrado dentro de su cerebro y se lo habría comido», dijo el doctor Gu Youming según Daily Mirror.

Además, advirtió que si el paciente no hubiera sido operado, su situación habría empeorado: «Esto podría haber dejado al Sr. Wang paralizado o incluso puesto en peligro su vida».

Una buena alimentación es clave para para nuestra salud en general, y para la de nuestro cerebro en particular.

«La alimentación es uno de los pocos factores de riesgo de enfermedades neurológicas que está en nuestra mano modificar y controlar», le dijo a BBC Mundo el doctor Gurutz Linazasoro, portavoz de la Sociedad Española de Neurología.

Los expertos señalan que no hay alimentos mágicos, sino que lo importante es llevar un patrón dietético equilibrado.

«El patrón dietético que más se ha estudiado es la dieta mediterránea», explica Linazasoro.

«Se sabe que disminuye el riesgo de padecer alzheimer y parkinson, también disminuye el de sufrir enfermedades cardiovasculares y disminuye el riesgo de obesidad, que indirectamente también incide sobre la salud cardiovascular».

Una dieta mediterránea típica incluye muchos vegetales, frutas, legumbres, cereales y productos ricos en carbohidratos como el pan integral, la pasta y el arroz integral.

También contiene cantidades moderadas de pescado, carne blanca y algunos productos lácteos. Y además utiliza para cocinar y aderezar sobre todo aceite de oliva.

«Las claves son comer sano, equilibrado y con moderación», insiste el experto.

Teniendo en cuenta estas recomendaciones, desde el punto de vista del funcionamiento del cerebro hay diversos nutrientes y alimentos muy importantes. Veamos algunos de ellos.

Pescado azul

El sistema nervioso y concretamente el cerebro son tejidos muy ricos en agua pero que también tienen un componente lipídico (graso) muy importante, le explicó a BBC Mundo el dietista-nutricionista y doctor en Biología Funcional y Molecular Ramón de Cangas.

De hecho, explica el también miembro de la Academia Española de Nutrición y Dietética, más de un 60% de su peso seco está constituido por lípidos, por lo que ciertos ácidos grasos cobran especial relevancia.

Los pescados azules son ricos en el ácido graso omega-3 docosahexaenoico (DHA).

Una dieta rica en este nutriente «ha demostrado suponer una serie de beneficios, entre ellos un menor deterioro cognitivo y menor riesgo de enfermedades como el alzheimer».

Cítricos y verduras

Son alimentos ricos en vitamina C, que según varios estudios se asocia con un mejor desempeño cognitivo.

«Quizás se debe a su función antioxidante y a que participa en la producción de los neurotransmisores – las biomoléculas que se encargan de transmitir la información de una neurona a otra-«, explica el nutricionista.

Ocurre lo mismo con las bananas, ricas en piridoxina, una forma de vitamina B6 que participa en el metabolismo de los neurotransmisores.

Cacao puro y canela

Son alimentos ricos en polifenoles, que «han mostrado resultados interesantes en prevención del deterioro cognitivo por su efecto antioxidante que protege a las neuronas», dice Ramón de Cangas.

Paltas

Las paltas, junto con el aceite de oliva y otras fuentes de grasa monoinsaturadas (un tipo de grasa saludable) «son interesantes en la prevención del deterioro cognitivo justamente por su riqueza en este tipo de ácidos grasos y también en ciertos fitoquímicos (nutrientes de origen vegetal)», dice el dietista-nutricionista.

Nueces

Las nueces son excelentes fuentes de proteínas y grasas saludables.

Son ricas en un tipo de ácido graso omega-3 llamado ácido alfalinolénico (ALA), que ayuda a bajar la presión arterial y protege las arterias. Esto es bueno tanto para el corazón como para el cerebro, según la Escuela de Medicina de Harvard.

Los tres enemigos del cerebro

Linazasoro insiste en que la clave de todo esto es la variedad, pero también la moderación. «De nada sirve comer todos los días dos kilos de nueces o todos los días dos paltas».

«No existen alimentos milagrosos ni dietas milagrosas, pero sí están los que son enemigos para el cerebro: la sal, el azúcar y las grasas trans (las que se encuentran en los alimentos procesados)», informó La Nación.

El trabajo señala que después de años de usar estos dispositivos en 28 pacientes, ellos aún se sienten mejor.

Desde hace más de una década, la medicina utiliza implantes que estimulan el cerebro para tratar la depresión severa en personas a quienes no les dan resultado los fármacos, la psicoterapia ni las sesiones de electroshock. El tratamiento es controvertido —toda cirugía para afecciones psíquicas lo es, dada su accidentada historia— y los resultados han sido variados. Dos grandes ensayos que evaluaban implantes estimuladores para la depresión fueron interrumpidos debido a sus resultados decepcionantes y el enfoque no está aprobado por los reguladores de salud federales.

Ahora, a través de un informe dado a conocer el pasado 4 de octubre, un equipo de investigadores psiquiátricos ha divulgado los primeros resultados a largo plazo sobre pacientes a quienes se les implantaron electrodos estimuladores hace ya ocho años. Las pacientes están bien en general y han conservado su mejoría inicial. Publicado en la revista especializada American Journal of Psychiatry, el estudio es reducido; alude a solo 28 casos. Aun así, sostienen los expertos que es probable que las averiguaciones efectuadas amplíen el interés en un campo en el que se ha llevado adelante un gran esfuerzo.

“Lo más impresionante es la respuesta sostenida”, afirma Darin Dougherty, director de neuroterapia del Hospital General de Massachusetts. “Eso no se ve con ninguna otra cosa en esta depresión severa. El hecho de que hayan tenido a toda esta gente bien durante tanto tiempo es lo importante.” A este tratamiento con implantes se lo conoce como estimulación cerebral profunda o ECP (DBS según sus siglas en inglés) y los médicos lo han utilizado durante décadas para ayudar a que los pacientes con mal de Parkinson controlen sus temblores.

Para tratar la depresión, los cirujanos insertan un electrodo en una zona de la corteza cerebral que en las personas con depresión severa desarrolla mucha actividad. Haciendo llegar corriente eléctrica a esa región, denominada área 25 de Brodmann, su actividad se apaga eficazmente, dando lugar al alivio de los síntomas depresivos en muchos pacientes. El electrodo está conectado a una batería que se coloca en el pecho.El procedimiento requiere una cirugía simple; a partir de ese momento el implante provee corriente continua.

A principios y mediados del año 2000, Helen Mayberg, por entonces neuróloga de la Universidad de Toronto, descubrió la importancia del Área 25 y participó en los primeros ensayos experimentales de tratamientos mediante ECP para abordar esa zona, si bien su trabajo en el aislamiento del Área 25 se remonta a bastante tiempo atrás, dentro de la década de 1990.

En el nuevo análisis, Mayberg —que ahora está en la Escuela de Medicina Icahn del Sistema de Salud Mount Sinai— y Andrea Crowell, de la Universidad Emory, dirigieron un consorcio de investigadores de diversas instituciones que evaluaron la salud mental y la historia de 28 personas tratadas con ECP por depresión en Emory. Alrededor de un tercio experimentó una plena remisión de los síntomasen los meses que siguieron a la cirugía, y la mitad refirió una reducción perceptible y mensurable de su aflicción. De acuerdo con el informe, años después estaban igual de bien.

“La conclusión es que si uno mejora, mantiene esa mejoría”, dijo Mayberg, profesora de Neurología, Neurocirugía, Psiquiatría y Neurociencia. “No se pierden los efectos con el tiempo. El dispositivo se usa como un marcapasos, y uno se mantiene bien”.  De los 28 pacientes, 14 respondieron a por lo menos ocho años de seguimiento y once a no menos de cuatro años. Según el informe, tres personas se hicieron sacar el implante aunque les iba bien con él. La mayoría del conjunto tomaba medicamentos antidepresivos cuando se les efectuó la intervención y siguió haciéndolo luego.

Los investigadores no encontraron efectos adversosrelacionados con el funcionamiento del dispositivo. Siete individuos tenían diagnóstico de depresión bipolar, trastorno severo que alterna la depresión con períodos de manía y elevada energía. Existía preocupación porque la estimulación cerebral profunda pudiese provocar episodios maníacos en tales individuos. Los autores informan que eso no se produjo.

Las complicaciones más comunes derivaron de conflictos mentales subyacentes y del procedimiento quirúrgico en sí. Durante los años de seguimiento hubo cinco intentos de suicidio en tres pacientes, índice por debajo del promedio para personas con esta clase de depresión severa, aun cuando los números son demasiado chicos para sacar conclusiones. Además, se produjeron 19 eventos adversos en el transcurso de los procesos quirúrgicos, entre ellos falla del dispositivo e infección. El porcentaje es aproximadamente característico de la cirugía ECP para trastornos del movimiento como los del Parkinson.

Varios de los participantes fueron intervenidos quirúrgicamente más de una vez, debido a que la energía de la batería del implante disminuía con el tiempo y reducía el efecto sobre el estado anímico. Dijo Mayberg que desde entonces la tecnología ha mejorado y actualmente los dispositivos son recargables por vía inalámbrica; las técnicas quirúrgicas también se han perfeccionado en los años recientes. Mayberg retiene para sí una cuota de la patente de propiedad intelectual sobre el enfoque del tratamiento.

No obstante el nuevo informe, obtener la aprobación federal de la estimulación cerebral profunda para la depresión va a demandar tiempo, dinero y dedicación, así como más evidencias. A mediados de la década actual, dos fabricantes de dispositivos para implantes, Medtronic y St. Jude Medical, pusieron en práctica tests de ECP para la depresión de acuerdo con lineamientos aprobados por la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA, según las siglas en inglés). Ambos ensayos se interrumpieron tempranamente, dentro de los seis meses, porque los resultados eran poco satisfactorios.

En una revisión reciente de las evidencias a la fecha, que incluyó informes de casos, muestras reducidas y ensayos más grandes, un equipo conducido por Steve Kisely de la Universidad de Queensland, Australia, llegó a la conclusión de que la “ECP puede mostrarse promisoria para el tratamiento de la depresión resistente, pero hasta que se disponga de más información sigue siendo un tratamiento experimental”.

Darin Dougherty afirmó: “Lo más importante que puede hacer este informe es impulsar a los fabricantes de dispositivos a que vuelvan a implementar ensayos con estas intervenciones. Podemos pensar lo que queramos; no hay forma de conseguir la aprobación de la FDA sin ensayos adecuados”.Benedict Carey es redactor de ciencias de The New York Times desde 2004. También ha escrito tres libros: Aprender a aprender, sobre la ciencia cognitiva del aprendizaje, Poison Most Vial (tentativamente, Frasco con máximo veneno) y Island of the Unknowns, science mysteries for middle schoolers (aproximadamente, Misterios científicos para estudiantes secundarios), informó El Clarín.

El ruido que emite el mar reduce nuestros niveles de cortisol, la hormona del estrés, y nos transmite calma.

Para nadie es un misterio que viajar a la playa resulta relajante. De hecho, la asociamos de inmediato a vacaciones, porque históricamente ha sido un lugar para ir a disfrutar, lejos de las responsabilidades cotidianas. Pues bien, ahora un estudio ha revelado que se debe a que el mar activa el estado de felicidad en el cerebro.

Uno de los beneficios de estar cerca del mar fue descubierto por un equipo de científicos que se dispuso a estudiar la relación entre el contacto con la playa y la salud en un proyecto llamado BlueHealth (Salud azul). Los investigadores descubrieron que los sonidos del mar estimulan un área del cerebro llamada corteza prefrontal, la zona responsable de nuestras emociones y de la reflexión personal, y se dieron cuenta de que el mar amplía en nuestros cerebros la capacidad de autoconocernos y de sentir bienestar emocional.

Otra investigación apoya la tesis de que estar cerca del océano es sanador. En ella se llegó a la conclusión que cuando estamos en la playa, nuestro cuerpo absorbe los iones negativos que despiden las ondas del océano e impulsan cambios en nuestras moléculas, y que así incitan a nuestro organismo a absorber más oxígeno y a regular nuestros niveles de serotonina, una sustancia que controla la ansiedad, lo que resulta en una sensación de paz similar a la que sentirías luego de hacer yoga.

Especialistas afirman que el ruido que emite el mar reduce nuestros niveles de cortisol, la hormona del estrés, y nos transmite calma. Incluso han llegado a sugerir que nos recuerda al sonido de los latidos del corazón de nuestras madres cuando estábamos en el vientre materno, lo cual tendría un impacto emocional relacionado con la protección y seguridad, recoge Genial.Guru.

«Cuando miramos hacia el mar, o a lo largo de la costa, percibimos un entorno predecible y estable», dijo el neurocientífico Michael Merzenich. El científico explicó que nos sentimos seguros cuando estamos en lugares libres de amenazas como animales salvajes en la selva o delincuentes en una gran ciudad, y la superficie del mar que se pierde en el horizonte de manera plana y constante le transmite a nuestro cerebro esa sensación de estabilidad y seguridad.

Los cráneos más antiguos de humanos modernos encerraban cerebros alargados, más parecidos a los de los neandertales que a los nuestros actuales.

Las personas que se realizan una prueba genética pueden descubrir cuánto de su ADN proviene de los neandertales. En el caso de quienes no tienen antepasados de África, esa cifra normalmente varía entre un 1 y un 2 por ciento.

Los científicos están muy lejos de comprender qué significa heredar un gen neandertal. Sin embargo, un equipo de científicos reveló este mes que dos elementos de ADN neandertal pueden haber cambiado la forma de nuestros cerebros. El estudio, publicado en Current Biology, da un atisbo a los cambios genéticos que influyeron en la evolución del cerebro humano.

Los neandertales y los humanos modernos son primos evolutivos cuyos ancestros divergieron hace unos 530.000 años. Los neandertales abandonaron África mucho antes que los humanos modernos, y sus huesos han sido encontrados por toda Europa, Oriente Próximo e incluso Siberia.

Antes de desaparecer hace unos 40.000 años, dejaron a su paso señales de sofisticación: lanzas y joyería.

Sin embargo, los científicos se preguntan qué tanto se asemejaban a nosotros. Al medir el volumen interior de los cráneos neandertales, los investigadores encontraron que sus cerebros eran, en promedio, tan grandes como los nuestros, pero no tenían la misma forma.

“Nosotros tenemos cerebros medio redondos”, dijo Philipp Gunz, del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, en Alemania. “Todas las demás espe cies humanas tienen cajas craneanas alargadas”. Gunz y sus colegas estudian resonancias de cráneos para seguir la evolución del cerebro. Los cráneos más antiguos de humanos modernos, de hace 300.000 años, encerraban cerebros alargados —más parecidos a los de los neandertales que a los nuestros actuales.

Los cráneos de humanos modernos de hace 12.000 años muestran que los cerebros se volvieron más redondos. Pero hay un hueco en el registro de fósiles; los siguientes cráneos estudiados por el equipo de Gunz tienen 36.000 años y poseen el aspecto redondo característico de los humanos actuales.

El equipo de Gunz revisó el ADN de 4.468 personas en los Países Bajos y Alemania, buscando más de 50.000 marcadores genéticos comunes heredados de los antiguos neandertales. Compararon las formas de los cerebros de los voluntarios para ver si estaba asociada alguna variante neandertal y destacaron dos marcadores genéticos.

Uno está vinculado con un gen llamado PHLPP1, generalmente activo en el cerebelo de personas con la versión neandertal. Este gen controla la producción de mielina, una manga aislante alrededor de las neuronas que es crucial para la comunicación de largo alcance en el cerebro. El otro está vinculado con un gen llamado UBR4, que en los portadores es menos activo en una región cerebral llamada el putamen. El UBR4 ayuda a las neuronas a dividirse en los cerebros infantiles.

La versión humana moderna de PHLPP1 puede haber producido mielina extra en el cerebelo. Y nuestra versión de UBR4 puede haber hecho que las neuronas crecieran más rápido en el putamen. Simon Fisher, coautor del nuevo estudio en el Instituto Max Planck de Psicolingüística en los Países Bajos, especuló que los humanos modernos evolucionaron poderes más sofisticados del idioma y quizás se volvieron mejores en la fabricación de herramientas.

Ambas cosas requieren que el cerebro envíe órdenes rápidas y precisas a los músculos. Y puede no ser coincidencia que el cerebelo y el putamen sean partes cruciales de nuestros circuitos motores.

Clarín

Popularmente existe esta creencia de que los hemisferios del cerebro representan características distintas, el izquierdo más artístico y el derecho más lógico. Lo cierto, es que la ciencia dice que no existe el dominio del hemisferio derecho o izquierdo. En un estudio publicado en la revista PloS One, un equipo de científicos observó los cerebros de más de 1.000 personas y no encontraron evidencia de diferencias significativas en el dominio de los hemisferios del cerebro entre los individuos.

Sin embargo, sí que hay diferencias entre los hemisferios. Es posible que no haya una mitad más dominante que otra, pero nuestro cerebro está dividido en dos hemisferios y no son iguales. Son muy similares y redundantes, pues la mayoría de los procesos que encontraremos en el lado izquierdo también se realizan en el lado derecho y viceversa, pero no son idénticos.

Ambos lados del cerebro tienen «la capacidad de expresar sentimientos, apetitos e impulsos apropiados, la capacidad [de] aprendizaje, memoria, lógica, etc., la capacidad de mantener los umbrales adecuados y la tolerancia a la frustración y el fracaso, y a recuperarse rápidamente de sus efectos, la capacidad de mantener reacciones de defensa eficaces y bien moduladas (es decir, represión, negación, simulación, racionalización, culpabilización, abstinencia, fantasía, comportamiento obsesivo-compulsivo y patrones de reacción corporal que implican alimentación, respiración, metabolismo, etc.) «, según reza en el libro «Disorders of the Nervous System: A Primer» en el que los autores citan a Harold Wolff, uno de los grandes científicos del cerebro del siglo XX.

A pesar de la densidad de texto, la conclusión es simple: casi todo lo relacionado con lo que nos hace humanos, existe en ambos lados del cerebro. 

¿Necesitas pruebas? Si extraemos un hemisferio del cerebro de un bebé de 3 meses, una cirugía que los médicos llevan a cabo a veces en casos de epilepsia severa y otros trastornos, ese bebé aún puede crecer con recuerdos normales y una personalidad normal. La hemisferectomía, se ha llevado a cabo «cientos de veces» en el siglo pasado, según apunta la revista Scientific American.

Entonces, ¿cuál es la diferencia entre los dos hemisferios?

En general, el lado izquierdo del cerebro controla el lado derecho del cuerpo, y el lado derecho del cerebro controla el lado izquierdo del cuerpo. Todo se complica para la visión: los nervios del lado izquierdo de ambos ojos se conectan con el lado izquierdo del cerebro, y los nervios del lado derecho de ambos ojos se conectan con el lado derecho del cerebro.

¿De dónde procede el mito del lado creativo y el lado analítico?

En el siglo XIX, un par de neurocientíficos, Pierre Paul Broca y Karl Wernicke, descubrieron que las personas que ‘luchaban’ con el procesamiento del lenguaje tendían a dañar áreas específicas en el lado izquierdo de sus cerebros. Los investigadores concluyeron que esas dos áreas eran importantes para el procesamiento del lenguaje, anunciando al mundo que el lenguaje vivía en el hemisferio izquierdo. Esta idea probablemente sea la raíz de esta noción de que el cerebro izquierdo es más creativo y el cerebro derecho es más analítico.

Más tarde, la novela de Robert Louis Stevenson»El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde» ayudó a difundir la idea del cerebro izquierdo y derecho en la cultura popular.

Sin embargo, las asimetrías encontradas por Broca y Wernicke no son consistentes de un cerebro a otro. Y es que, en alrededor del 5% de las personas diestras, los centros clave del procesamiento de lenguaje están en el lado derecho del cerebro, y en el 30% de las personas zurdas, estos centros están en el lado derecho del cerebro. Además, en la mayoría de las personas, ambos hemisferios participan en algún aspecto del habla. Las personas que tienen dañado el hemisferio izquierdo pueden volver a aprender el habla usando el hemisferio derecho.

Con esto ponemos fin al mito.

Fuente: Muy Interesante

El funcionamiento de los vasos linfáticos en el cerebro podría estar relacionado con enfermedades degenerativas como el alzhéimer.

El cerebro humano es una de las primeras víctimas que sufren los estragos del paso del tiempo. Al envejecer, nuestro cerebro reduce su peso y tamaño hasta en un 15%, provocando un deterioro de las funciones cognitivas, la memoria y la capacidad de aprendizaje. El envejecimiento del cerebro está asociado también a enfermedades neurodegenerativas, pérdidas de memoria o demencia. Una nueva investigación señala que el desarrollo de estas enfermedades, como el alzhéimer, o la disminución de la capacidad cognitiva provocada por el paso del tiempo están relacionados con el envejecimiento de los vasos que conectan el cerebro y el sistema inmunológico.

El equipo de la Escuela de Medicina de la Universidad de Virginia, al profundizar en esta conexión, ha conseguido incrementar significativamente la capacidad de aprender y recordar en ratones ancianos tras mejorar el funcionamiento de sus vasos linfáticos. Si se continuara con esta línea de investigación, se podrían desarrollar nuevas formas con las que tratar o prevenir la enfermedad de Alzheimer, las pérdidas de memoria asociadas con la edad y otras enfermedades neurodegenerativas. El líder de la investigación es el Doctor Jonathan Kipnis, el neurocientífico responsable del descubrimiento en 2015 de los vasos linfáticos que rodean el cerebro. A pesar de la relevancia que este hecho tuvo, Kipnis ha declarado que su último estudio es el más importante hasta la fecha. “Cuando consigues que ratones envejecidos naturalmente aprendan y recuerden es muy emocionante”, ha declarado. “Somos muy optimistas con la posibilidad de vivir muchos años sin desarrollar enfermedades como el alzhéimer”.

El proceso de limpieza del cerebro

Los vasos linfáticos del cerebro, que se creía que no existían hasta su descubrimiento, parecen jugar un papel muy importante en el proceso de autolimpieza del cerebro. El trabajo llevado a cabo por los investigadores proporciona la visión más completa que se tiene hasta ahora de la finalidad de esos vasos y su aportación en el correcto funcionamiento del cerebro y su envejecimiento.

Kipnis, director del Center for Brain Inmunology and Glia (BIG), y su equipo utilizaron un compuesto que aumentaba el flujo de desechos del cerebro a los nódulos linfáticos del cuello en los ratones envejecidos. Estos, como parte del sistema inmunológico, filtraron y drenaron las sustancias de desecho del cerebro y ese mejor funcionamiento tuvo un efecto directo en la habilidad de aprender y recordar de los ratones. Esta ha sido la primera vez que se han mejorado las capacidades cognitivas de los ratones a través de la vasculatura linfática que rodea el cerebro. Los resultados obtenidos señalan que la obstrucción de los vasos en ratones provocaba la acumulación de placas amiloides dañinas, las cuales suelen estar relacionadas con el alzhéimer y cuya acumulación aún no ha sido explicada.

“Si hablamos de personas con alzhéimer, el 98% de los casos no vienen dados por una predisposición familiar, por lo que sería importante saber qué aspectos del cerebro se ven afectados y provocan estas enfermedades”, ha declarado el investigador Sandro Da Mesquita. El siguiente paso del equipo es averiguar qué cambios ocurren en el cerebro humano envejecido para poder desarrollar un tratamiento concreto que trate las enfermedades relacionadas con el envejecimiento.

Tratar o prevenir

El equipo de Kipnis pretende desarrollar un medicamento que mejore el funcionamiento de los vasos linfáticos y señalan la importancia de desarrollar un método que permita determinar cómo funciona la vasculatura linfática meníngea en las personas. Afirman que la mejor forma de tratar la enfermedad de Alzheimer es combinar la reparación de la vasculatura linfática con otros procesos, e incluso que esta nueva información podría hacer que se retomaran tratamientos previos que habían sido descartados. “Revertir el alzhéimer será difícil, pero tal vez podamos retrasar sus síntomas manteniendo la funcionalidad de la vasculatura lifática”, concluye Kipnis.

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