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Butch Cassidy

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Los miembros de la “pandilla salvaje” vivieron en Argentina, donde intentaron llevar una vida tranquila, pero tras cometer una serie de delitos debieron huir hacia Chile para luego morir, tras un incidente con la ley, en Bolivia. Mitos y realidades de dos personajes que ganaron celebridad a partir de su representación en el cine por Robert Redford y Paul Newman.

Se hacían llamar James Ryan y Harry Place y buscaban un lugar donde criar ganado y vivir en paz. Bajo esos nombres ocultaban sus identidades Butch Cassidy y Sundance Kid, los célebres asaltantes norteamericanos que se radicaron en la Patagonia a principios del siglo XX, que vivieron como pacíficos vecinos y reemprendieron el camino del delito para terminar muertos en un tiroteo en San Vicente, Bolivia, el 6 de noviembre de 1908, hace 110 años.

Cassidy, nacido como Robert LeRoy Parker, y Sundance Kid, alias de Harry Longabaugh, desembarcaron en Buenos Aires en marzo de 1901, después de liderar una banda legendaria, la Pandilla Salvaje (Wild Bunch), conocida por sus asaltos contra bancos y empresas ferroviarias. Los acompañaba una joven de poco más de veinte años, llamada Ethel o Etta, una maestra o una prostituta (las versiones divergen), compañera de Sundance.

En Buenos Aires se registraron en el Hotel Europa, de Cangallo y 25 de Mayo. El 23 de marzo de 1901 el supuesto Harry Place abrió una cuenta en la sucursal porteña del Banco de Londres y el Río de la Plata y dos meses después el trío viajó hacia el sur para establecerse en el valle de Cholila, en el noroeste de Chubut. Allí levantaron una cabaña al estilo americano, que todavía está en pie, donde empezaron a nuclear a otros norteamericanos que vagaban en busca de fortuna.

Uno de sus visitantes, el constructor italiano Primo Capraro, luego destacado pionero de San Carlos de Bariloche, los retrató en sus memorias: “Sobrios de hablar, nerviosos de mirada fuerte, altos y delgados los hombres, bien vestida la señora, que leía”. Criaban ovejas adquiridas a la Compañía de Tierras Sud Argentino (conglomerado de estancias que pertenece actualmente al grupo Benetton); la cabaña “estaba sencillamente arreglada y se notaba una cierta esmerada limpieza, distribución geométrica de las cosas, cuadros con marcos hechos de cañas, telas de recortes de revistas norteamericanos, muchas y hermosas armas y lazos trenzados con crines de yeguarizos”.

Sundance Kid y Etta Place

El noroeste de Chubut era un sitio ideal para los bandidos no sólo por las posibilidades que ofrecía para la cría de ganado. A principios del siglo XX parecía una tierra de nadie, ya que formaba parte de la extensa franja de territorio en litigio con Chile (que se resolvería en noviembre de 1902) y carecía de dueños, aunque buena parte de las mejores tierras había sido prácticamente regalada a los empresarios británicos asociados en la Compañía de Tierras.

Una meca para innmigrantes

En 1969 la película Butch Cassidy and the Sundance Kid, de George Roy Hill, con Paul Newman y Robert Redford, redescubrió a los personajes y estimuló el interés por la historia. El periodista Justo Piernes localizó poco después al último sobreviviente de la partida policial que en 1911 mató en Río Pico a Robert Evans y William Wilson, otros norteamericanos allegados a Cassidy. Otro cronista, Francisco N. Juárez, escribió numerosos artículos sobre los bandidos y diversos personajes de la época que recorrieron la Patagonia, y posteriormente el hallazgo de un expediente judicial de 1911 -preservado en Trelew- agregó testimonios y documentos de la época, y promovió las búsquedas de investigadores norteamericanos, entre ellos Anne Meadows y Daniel Buck.

“Nuestro interés en Sudamérica nos llevó a los bandidos, no al revés -dice Anne Meadows, autora de Digging up Butch & Sundance, libro fundamental para conocer la historia de los bandidos-. Nos enteramos por primera vez de la vida de Cassidy y Sundance en Argentina durante un viaje a Patagonia a principios de 1986, y pronto descubrimos que no solo se había escrito muy poco sobre sus años en Sudamérica, sino que había una acalorada disputa sobre su destino final. Un misterio sin resolver es una atracción irresistible para los escritores”.

Meadows y Buck habían recorrido la Patagonia como mochileros entre 1977 y 1978, pero fue en 1986 cuando visitaron Chubut y entraron en contacto con la historia. “Nuestro primer descubrimiento, el resultado de un verano pasado en los Archivos Nacionales en Washington DC, fue un pequeño lote de correspondencia diplomática que identificó las muertes de los bandidos en Bolivia en noviembre de 1908 -cuenta Buck-. Los otros se describen mejor como descubrimientos con que nos encontramos: el historiador de Chubut Marcelo Gavirati localizó y nos envió una copia del extenso archivo de la década de 1910 sobre una investigación policial y el escritor y fotógrafo estadounidense Roger McCord nos envió una revisión judicial previamente desconocida de los eventos que rodearon el tiroteo de noviembre de 1908”.

–¿Por qué Cassidy y Sundance eligieron la Argentina como refugio?

-Anne Meadows: A fines de la década de 1890 y principios de la década de 1900, Argentina era una meca para los inmigrantes de todo el mundo, y en los periódicos y revistas de los Estados Unidos aparecían artículos sobre oportunidades de ganadería en la Patagonia. Además, a su llegada a Buenos Aires a principios de 1901, el trío de la Wild Bunch se reunió con el vicecónsul estadounidense George Newbery, quien estaba colonizando tierras en la Patagonia, y podría haberlos alentado a ir a Chubut.

–¿Cuáles fueron los hechos más significativos en su etapa argentina?

-Si Butch y Sundance hubieran logrado establecerse y vivir pacíficamente en Cholila, podrían haber pasado el resto de sus vidas allí, y haber criado familias, y sus descendientes de hoy serían estancieros, guías de pesca con mosca o vendedores de bienes raíces. Pero, siguiendo su modelo en los Estados Unidos, no podían mantenerse alejados del crimen. Su caída en Chubut se asoció con otros delincuentes, entre ellos Robert Evans, que vivía en el mismo rancho, lo que culminó en su implicación en el robo de Evans de un banco en Río Gallegos a principios de 1905. Una investigación policial provocó su fuga a Chile y más tarde Bolivia, donde la historia se repitió. En Bolivia trabajaron durante un par de años en los campamentos de minas y luego decidieron robar la recaudación de una empresa, esta vez con un resultado fatal. El crimen es una profesión implacable.

Buscados

En la visión dominante de la época los bandidos no eran esos distinguidos norteamericanos que vivían en Cholila sino los chilenos y aborígenes que se desplazaban desde el otro lado de la cordillera en busca de un pedazo de tierra donde asentarse. En abril de 1902 Cassidy se presentó en la Dirección de Tierras y Colonias, en Buenos Aires, diciendo que había colonizado un lote de 625 hectáreas y reclamaba su título de propiedad. Al mes siguiente firmó una petición de pobladores de Cholila dirigida al Ministerio de Agricultura con el mismo fin.

La Agencia Pinkerton, un cuerpo de policía privada al servicio de grandes empresas, los seguía buscando en los Estados Unidos. A través del espionaje sobre la correspondencia de familiares averiguaron que Butch y Sundance estaban en la Argentina. En marzo de 1903 llegó a Buenos Aires el detective Frank Dimaio, con la misión de obtener más datos.

Dimaio se reunió con el jefe de policía de Buenos Aires, Francisco de Beazley, y con el cónsul honorario de su país, George Newbery y les entregó un abultado dossier, que contenía los prontuarios y las fotografías de Butch, Sundance y Etta, además de material periodístico sobre sus andanzas al frente de La Pandilla Salvaje. Esa información fue mantenida en secreto y recién se divulgaría dos años después.

En julio de 1903, Robert Pinkerton, dueño de la agencia, escribió a Beazley: “Sólo es cuestión de tiempo que estos hombres cometan algún robo en la República Argentina. Si le informan algún robo a un banco o a un tren o algún otro crimen por el estilo, descubrirá que fueron perpetrados por estos hombres”. Y tenía razón.

Pero los bandidos eran por entonces vecinos ilustres del oeste de Chubut. A principios de 1904, el gobernador Julio Lezana hizo una gira por el territorio y nadie se sorprendió cuando, al llegar a Cholila, se alojó en la cabaña de Butch y Sundance. Según la tradición oral, hubo una fiesta y el gobernador bailó con Etta Place, mientras Sundance tocaba la guitarra.

A mediados de enero de 1905 dos norteamericanos que decían ser estancieros en busca de tierras llegaron a Río Gallegos, por entonces un pueblo de poco menos de mil habitantes pero con un importante desarrollo comercial, que circulaba a través de dos bancos. Los recién llegados se vincularon con el cajero del Banco de Tarapacá (luego Lloyds Bank). Esa amistad no fue más que el pretexto para estudiar el lugar y llevar a cabo, el 14 de febrero, lo que hasta el momento se conoce como el primer asalto a un banco en la historia argentina.

Interior del Banco de Tarapacá, asaltado en 1905 (arriba) y el hotel donde se alojó la Pandilla Salvaje en Río Gallegos (abajo)

Bien armados y actuando como profesionales, los norteamericanos se apoderaron del dinero y huyeron a caballo. La identidad de los asaltantes -si fueron Cassidy y Longabaugh o bien otros bandidos del grupo, como Robert Evans- todavía es materia de controversia. Lo que estaba fuera de duda era que la Pandilla Salvaje volvía a cabalgar en la Argentina.

Butch Cassidy, Harry Longabaugh y Etta Place encontraron una zona aislada, sin comunicaciones y escasamente poblada en el valle de Cholila. Pero el progreso, aun cuando fuera lento, también alcanzaba a ese extremo de la Patagonia y cambiaba las condiciones de vida de sus habitantes. El telégrafo, por ejemplo, no tardó en llegar. Por ese medio, a fines de febrero de 1905, el jefe de policía de Chubut, Julio Fougére, le pidió al comisario Eduardo Humphreys que detuviera a los asaltantes del Banco de Tarapacá, que habían escapado desde Santa Cruz a Chubut.

Cassidy y Sundance abandonaron la cabaña y se refugiaron en zona de la cordillera antes de pasar a Chile. Los pasos siguientes del trío se vuelven borrosos, por falta de documentos. El rastro de Etta Place se perdió sin que el misterio de su identidad haya sido revelado: el apellido que se le atribuyó era el que usaba su compañero para ocultarse y el nombre, el que le impusieron los detectives de la agencia Pinkerton en los avisos de búsqueda.

El 19 de diciembre de 1905 Cassidy y Sundance se despidieron de la Argentina con un asalto. Ese día se presentaron con dos cómplices en la sucursal del Banco Nación en Villa Mercedes, San Luis, y después de tirotearse con el gerente Emilio Hartlieb, su hija adolescente y un vecino se llevaron el dinero del tesoro. Enseguida se armaron partidas de soldados para emprender la persecución, pero los norteamericanos habían preparado su ruta de escape, con postas de caballos de refresco, por lo que no tuvieron mayores inconvenientes para desaparecer rumbo a Chile.

Esa precaución era la marca de agua de La Pandilla Salvaje, y la policía porteña identificó a Cassidy y Sundance entre los asaltantes. Más de dos años después, se conocía la documentación que había entregado en Buenos Aires el detective Frank Dimaio.

“En realidad, Cassidy y Sundance no eran tan conocidos hasta la película de 1969, cuando Paul Newman y Robert Redford los hicieron famosos, y el guionista William Goldman los presentó como personajes simpáticos -dice Anne Meadows-. Lo poco que sabemos de sus personalidades reales proviene de unos pocos documentos históricos y un puñado de recuerdos de personas que los conocieron”.

–¿Qué muestran los documentos sobre su forma de actuar?

-Cassidy fue el más extrovertido de las dos, y un líder. Incluso les caía simpático a los jueces y al director de la cárcel de Laramie, en Wyoming, donde estuvo detenido. Sundance fue más retraído. Ninguno de los dos fue personalmente violento, a diferencia de otros forajidos de la época, como Jesse James, quien fue un asesino. Sin embargo, llevaban armas y estaban listos para usarlas. Durante su fuga después del robo en Villa Mercedes en diciembre de 1905, intercambiaron disparos con la pandilla que los persiguió.

Los últimos días

Desde Chile, Cassidy y Sundance pasaron a Bolivia con el viejo sueño de montar una estancia y criar ganado. Como no tenían dinero volvieron al único modo que conocían para financiarse: el robo.

“Hace un siglo, los estadounidenses se sentían atraídos por los empleos ferroviarios y mineros en América del Sur, especialmente en Bolivia -dice Daniel Buck-. Pocos de ellos habían sido bandidos en los Estados Unidos. La mayoría eran jóvenes solteros, estaban lejos de sus familias y trabajaban arduamente por un salario bajo. El dinero de las compañías mineras y los ferrocarriles demostraron ser una tentación irresistible”.

El 6 de noviembre de 1908, después de asaltar al pagador de una compañía minera, un pelotón del ejército boliviano cercó a los bandidos en una casa del pueblo de San Vicente. El tiroteo se extendió durante la noche: Butch mató a un soldado –fue su primera muerte- y Sundance cayó herido. No había escapatoria. Tras una pausa en el enfrentamiento, se escucharon dos balazos en la pieza donde estaban los norteamericanos: Butch había dado muerto a su compañero para después suicidarse. Pero a partir de entonces los bandidos revivieron y murieron muchas veces, en incontables leyendas.

“La naturaleza odia el vacío, al igual que la historia -reflexiona Daniel Buck-. Las circunstancias e incluso la fecha del tiroteo del 6 de noviembre de 1908 en Bolivia no se aclararon hasta principios de los años noventa. A medida que el misterio del destino de los prófugos continuaba, proliferaron las historias de su destino. Además, hay una larga tradición, desde Robin Hood en adelante, del bandido que sobrevive a su muerte”.

Buck cita al historiador Eric Hobsbawm, autor de un libro clásico, Bandidos (1969): “La resurrección del bandido, escribió Hobsbawm, representa la esperanza de que ‘el campeón del pueblo no puede ser derrotado’. Eso es demasiado romántico. La mayoría de los fugitivos no son los campeones de nadie, sino ellos mismos. Una respuesta más simple es que a la gente le encanta contar historias, verdaderas o no”. Y la de Butch y Sundance preserva intacto sus atractivos, y sus preguntas todavía sin respuesta.

Fuente: INFOBAE