Coronavirus

La tragedia de Ecuador, una oscura advertencia para América Latina

Cuerpos abandonados en las veredas. Las autoridades luchan por seguir las muertes. Las empresas fúnebres, sin cajones, usan cajas de cartón hechas por empresas que suelen empacar bananas y camarones.

El desastre que se desarrolla en Guayaquil, la capital comercial de Ecuador, ofrece una advertencia lúgubre para América Latina.. La capacidad de los funcionarios para responder a la pandemia de coronavirus en la región puede verse peligrosamente afectada por la desigualdad, la debilidad de los servicios públicos y las economías frágiles que caracterizan a gran parte de la región.

“Lo que estamos viendo en Guayaquil es lo que puede suceder en la mayoría de las grandes ciudades de Sudamérica, donde los focos de riqueza coexisten con la pobreza generalizada”, dijo Alexandra Moncada, directora de CARE, la organización internacional de ayuda, en Ecuador.

Ecuador, que cuenta con una población de 17 millones de habitantes, tiene además una de las tasas oficiales más altas de infecciones (y muertes) per cápita por coronavirus en América Latina.

Todavía no está claro por qué el país fue tan afectado. Algunos expertos creen que el virus pudo haber viajado hasta ese territorio debido a los profundos vínculos migratorios que mantiene con España e Italia. Luego se propagó cuando Ecuador retrasó la adopción de medidas de distancia social.

La cuenta oficial de muertos por coronavirus en Ecuador llegó hasta 220 el 7 de abril. Tiene ademas otros 182 casos catalogados como «probables» pero no confirmados. Es una figura que supera los registros de sus vecinos mas grandes y mas poblados, Perú y Colombia.

El presidente de Ecuador, Lenín Moreno, advirtió que la cifra real es mucho mayor, pero como las pruebas son limitadas, es imposible determinar el verdadero alcance de las infecciones.

La mayoría de las muertes se produjeron en Guayaquil, la ciudad portuaria del Pacífico que tiene una población de tres millones de personas, y que se convirtió en la primera gran metrópoli de la región que sufrió el colapso de sus servicios públicos.

Desde el comienzo de la crisis, a fines de marzo, el gobierno ha recuperado 1350 cuerpos de viviendas de Guayaquil, según la oficina de Jorge Wated, quien lidera el grupo de trabajo responsable de recoger a los muertos en la ciudad. Según su equipo, diariamente recogen alrededor de 60 cuerpos.

El virus se propagó tanto en los lujosos barrios cerradas como en los lugares más pobres ubicados en los cerros. En cuestión de días, la explosión de la mortalidad abrumó a las autoridades. Cientos de cuerpos comenzaron a acumularse en hospitales, morgues y hogares.

Lourdes Frías dijo que pasó cinco días tratando de que alguien recogiera el cuerpo de un hombre mayor que era vecino que murió la semana pasada, después de tener problemas respiratorios. Explicó que las líneas telefónicas de emergencia estaban siempre ocupadas, y en las raras ocasiones en que podía hablar con algún funcionario le decían que no había nadie disponible para ayudarla.

A medida que pasaban los días, otras personas de su edificio —ubicado en el barrio Socio Vivienda de Guayaquil— comenzaron a clamar para que llevaran el cuerpo a la calle. Finalmente, la policía retiró los restos.

“Nuestra situación es una pesadilla de la que no podemos despertar”, dijo Frías.

El aumento de las muertes en Guayaquil, y las imágenes que circulan en redes sociales de cuerpos envueltos en plástico y colocados en las puertas de las casas, han expuesto los posibles efectos de la pandemia en los sectores más pobres de los países en desarrollo, donde el acceso a la atención médica y otros recursos era una cuestión problemática incluso antes de la pandemia.

A medida que el virus comenzó a propagarse, algunas familias hicieron saber que sus seres queridos habían pasado días intentando conseguir tratamiento en hospitales. También que las autoridades se habían demorado días en recuperar los cuerpos de sus familiares y tratar de enterrarlos.

La crisis de los cadáveres alcanzó dimensiones tan grandes que las empresas de cartón, que normalmente fabrican paquetes para productos agrícolas de exportación,  empezaron la semana pasada a donar cajones de cartón a las familias afectadas.

“Es beneficioso, es una solución”, dijo Pedro Huerta. Su fábrica en Guayaquil dona 600 ataúdes de cartón por día. El cartón de su planta generalmente empaca bananos ecuatorianos para la compañía Dole.

Al igual que muchos residentes de Guayaquil que trabajan en la economía informal, sin cobertura ni seguridad laboral, Frías, una mujer que se dedica a limpiar casas, perdió la posibilidad de generar ingresos cuando se impuso la cuarentena. Al mismo tiempo, la escasez ocasionada por el confinamiento hizo que los precios de los alimentos se dispararan.

Los residentes dicen que, en las últimas semanas, el precio de las papas, un alimento básico en el país, se disparó en Guayaquil: con un dólar solían comprar 2,2 kilogramos de papas. Esa misma cantidad de dinero ahora alcanza para menos de medio kilo

Para disminuir las dificultades económicas, el gobierno comenzó a pagarles a los trabajadores informales un monto mensual de 60 dólares para que se queden en sus casas. Esa cantidad es aproximadamente una cuarta parte de lo que alguien como Frías suele ganar en un mes.

“Siempre me gustó tener mis cosas: mis porotos, mi arroz”, dijo. “Ahora estoy viviendo de la gracia de Dios”.

La pandemia ha dejado a la economía de Ecuador, que ya estaba en problemas, con pocas alternativas más allá de las donaciones.

El colapso de los precios del petróleo diezmó la principal fuente de ingresos del gobierno. Un paquete de austeridad impulsado por el presidente Moreno para mitigar las exigencias de los acreedores internacionales provocó el despido de unos 3500 trabajadores de la salud pública el año pasado.

Y la decisión del gobierno ecuatoriano de usar dólares estadounidenses como su moneda oficial, tomada durante la crisis financiera de 2000, significa que Moreno no puede imprimir más dinero para compensar a los trabajadores afectados.

Las presiones económicas que enfrentan los sectores pobres de Guayaquil muestran la compleja dinámica de clase que ha empeorado la epidemia en el país, y que podría replicarse en todo el continente. La capacidad del virus para hacer colapsar de manera abrupta las capacidades de Guayaquil puede ser una advertencia para toda la región, dijo Jarbas Barbosa, subdirector de la oficina para las Américas de la Organización Mundial de la Salud.

“Creemos que todos, en algún momento, tendrán transmisión comunitaria generalizada” del virus, dijo.

Algunas de las primeras infecciones que fueron confirmadas en Guayaquil sucedieron entre estudiantes ecuatorianos acomodados que estudian en España,a pero regresaron con sus familias para escapar del brote en Europa. Según las autoridades locales, las infecciones se propagaron en las bodas de la alta sociedad celebradas el mes pasado.

Cuando el virus llegó a los barrios populares, la dinámica había cambiado. Mientras los ecuatorianos de las clases acomodadas pudieron abastecerse de provisiones y recluirse en sus hogares, muchos empleados en trabajos manuales desafiaron las órdenes del gobierno de quedarse en casa para poder llegar a fin de mes.

En los barrios pobres, muchos dicen que continúan trabajando todos los días, lo que incrementa el riesgo de contagio. Algunos están pidiendo comida.

Las colas en los bancos

Los bancos se convirtieron en zonas de alto riesgo cuando los ecuatorianos, muchos de los cuales no tienen cuentas bancarias, se presentaron en masa a reclamar su bono de 60 dólares en efectivo.

La crisis de Ecuador impactó con singular severidad en los aproximadamente 500.000 venezolanos que llegaron huyendo del colapso económico de su país. A diferencia de los ecuatorianos, ellos no pueden recibir los subsidios del gobierno. Oficialmente, Ecuador ofrece atención médica universal, pero muchos migrantes temen que serán los últimos en recibirla.

Hace seis meses, Génesis Portillo, de 26 años, llegó a Ecuador desde Venezuela con su novio. Ambos encontraron trabajo como asistentes de ventas en la ciudad de Machala, a unas tres horas de Guayaquil, pero se quedaron sin trabajo por la pandemia.

Dijeron que habían gastado sus últimos ahorros para comprar comida. Calculaban que la reserva les duraría aproximadamente un mes, pero no tenían cómo volver a su país si las condiciones empeoraban.

“Descubrí personas que nos ayudan porque saben que estamos todos juntos en esta crisis, pero tengo miedo de que nos enfermemos”, dijo Portillo. “Si no hay recursos para atender a los ecuatorianos, ¿qué le queda a un inmigrante?”

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