Cultura

La pintura de libertad y revolución estuvo oculta al público durante 32 años

En el vértice del imaginario triángulo construido en la trinchera de la pintura vemos a una joven ardiente, rebelde y victoriosa. Tiene en su mano izquierda una pistola de infantería con bayoneta (modelo 1816) que apunta al cielo. Está sobre un piso de cadáveres, rodeada de obreros, de estudiantes y de burgueses armados. La joven tiene puesto el gorro frigio y evoca la Revolución de 1789 y los sans-culotte. En su mano derecha levanta la bandera roja, blanca y azul, como una encendida llama. Personifica la libertad, la revolución.

“Si no he vencido para la patria, al menos pintaré para ella”. Eugène Delacroix pintó La Liberté guidant le peuple (La libertad guiando al pueblo) en tres meses. Seguro que en algún lado vieron esta pintura que actualmente está en el Museo del Louvre y refiere a las jornadas revolucionarias de julio de 1830 en Francia que resultaron el ocaso de los Borbones y el ascenso dinástico de los Orleans hasta 1848.

En el movimiento del brazo en alto, en el avance del cuerpo rebelde revela sus senos y el pelo de la axila derecha, analizan curadores del Louvre, fue considerada vulgar por los artistas clásicos para quienes la piel de una diosa debía ser lisa. En marzo de 2018, Facebook censuró esta pintura por mostrar los pechos y luego salió a reconocer que se había tratado de un error.

El erotismo impreso en esta figura femenina como nacida en medio del humo, de la pólvora, del tumulto de la sangre caliente recrea las victorias aladas griegas. La pintura es una síntesis entre el calor de lo real y el peso de la imaginación.

Lo cierto es que Delacroix le imprimió todo el fervor romántico que ya había aplicado la década anterior, primero en Escenas de las matanzas de Quíos(1824) sobre la guerra de la independencia griega y luego con La muerte de Sardanápalo (1827). Esta última pintura es considerada el manifiesto más importante del romanticismo pictórico, la cual abandona la geometría rigurosa de las composiciones neoclásicas.

El propio Delacroix dirá: “Si entendemos por romanticismo la libre manifestación de las impresiones personales y la repugnancia por las recetas académicas, entonces debo confesar que no solo soy romántico, sino que ya lo era a los 15 años”.

Como indicó el crítico de arte E. H. Gombrich, Delacroix no soportó la insistencia respecto a la corrección en el dibujo: consideró que el color era más importante. En Delacroix uno parece vibrar con el movimiento, con el instante, con la agitación de la sangre.

El pintor había presenciado el levantamiento de obreros y patricios del 27, 28 y 29 de julio de 1830 que expulsó a Carlos X del poder y puso al monarca Luis Felipe. Este gobernará hasta 1848, cuando se produzca la revolución democrática de la burguesía contra la monarquía apalancada por un levantamiento popular. En junio de ese mismo año, cuando los obreros franceses se organicen por su propias demandas, terminarían aplastados, una experiencia que calará hondo para la conformación de la Comuna de París, en 1871, el primer Estado obrero.

El detalle de la figura alegórica de la Libertad.

Se cree que Delacroix estuvo limitado al papel de espectador de las jornadas revolucionarias de 1830 ya que dependía de las comisiones de instituciones y miembros de la familia real era admirado por el propio Carlos X y tenía amistades en la realeza. Escribirá: «Tres días en medio de disparos. Combates por todas partes. Un simple paseador como yo corría el mismo riesgo de recibir una bala en medio de los héroes improvisados ​​que avanzaban sobre el enemigo con piezas de hierro fijadas con palos de escoba”.

La pintura fue expuesta en el Salón de 1831 y adquirida por el Estado, pero estuvo oculta al público durante 32 años debido a la impronta subversiva de la tela. Como escribió el poeta argentino Eduardo Mileo, uno se imagina los acordes de “La Marsellesa” en el paso marcial del pueblo. Y agrega: pero la fraternidad, la igualdad y la libertad no llegaron al cielo.

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