Cordillera

Un vecino de El Bolsón construyó un puente para toda la comunidad

El caso de José Bahamonde, el hombre que puso manos a la obra y construyó por propios medios un puente móvil que beneficia a muchos vecinos de la Comarca Andina.

José Bahamonde (59) es un personaje polifacético de El Bolsón. Descendiente de una familia de pioneros que dio vida a El Hoyo y El Turbio en 1895, desde muy niño despertó su pasión “por los fierros y por las alturas”.

Después fue experto en explosivos y en 1999 emigró a EE.UU. para poner en práctica su experiencia en trabajos de altura con el mantenimiento de torres de alta tensión, elevadores de ferrocarriles y puentes. Cuando volaron las torres gemelas en Nueva York, estaba a pocos metros y fue un testigo privilegiado de los acontecimientos.

Cuando volvió, escribió el libro “El clamor del Piltri”, donde refleja sus primeros años en la cordillera, en un ambiente campesino primitivo, y su vida posterior en los claustros de la Escuela Hogar de El Bolsón. La Guerra de Malvinas, el bajo mundo de la cárcel y el peligro de las minas del sur son otra parte del trabajo literario.

En 2008 ofreció sus servicios gratuitos para pintar los 44 metros del viejo mástil de la plaza Pagano (además de comprobar que estaba en buen estado), después que fuera instalado en la década del ’40. Apenas con la ayuda de unos arneses hizo la tarea, ante la mirada asombrada de turistas y lugareños.

Ayer la noticia fue que, por su propia iniciativa, construyó e inauguró un puente metálico sobre el río Quemquemtreu, a la altura de la calle Cacique Foyel, con el único objetivo de que “esté al servicio de mis vecinos, evitando quedar aislados en la zona sur de la ciudad, y facilitar el ingreso de un camión de bomberos o la ambulancia, ya que ha habido casos de emergencia y fue crucial la demora por tener que dar la vuelta por el centro”, destacó.

“Es una satisfacción ver que la gente ya comenzó a circular, facilitando la vinculación entre los barrios Irigoyen, Costanera y Los Hornos. Los chicos fueron los primeros en apropiarse y ya lo usan de trampolín para zambullirse en el pozón”, valoró Bahamonde.

Acerca de la construcción del viaducto, reconoció que “fui acopiando los materiales y con la ayuda de los muchachos que me acompañan en las obras nos fuimos haciendo del tiempo para avanzar con los trabajos. Llegó el día esperado y lo montamos. Es un puente móvil, por ello debemos ser muy respetuosos de los cambios del río. Antes de que lleguen las crecidas sería importante que venga un profesional del municipio para determinar las condiciones de transitabilidad”.

“Ayer, sin problemas, pasó una máquina de 8 toneladas, pero queremos que dure. Lo aconsejable es que sea usado por vehículos medianos”, recomendó.

Acerca de su pasión “por los fierros”, recordó que “es algo de llevamos en los genes. Antes, la soldadura no existía y las necesidades de herrería de la gente se solucionaban con una fragua, calentando y moldeando los hierros para arreglar los ejes de un carro y construir una herramienta, era todo a martillo”. De chico “me tocaba dar aire a los carbones con un fuelle. Quería ir a jugar, pero mi padre y mis tíos no me dejaban hasta que terminaban su tarea”, graficó.

En tanto, sobre su osadía para las alturas, José Bahamonde las atribuyó a sus juegos infantiles “trepando un árbol o desafiando los riscos”.

“A veces, el destino te lleva a lugares insospechados, como aquel día en Buenos Aires en que me tocó presenciar desde las alturas el atentado a la Amia, y antes el de la Embajada de Israel. Estoy en todos los desastres, espero que ahora no se derrumbe el puente”, se ríe.

“Durante el segundo gobierno de Menen, con la crisis económica, tuve que marchar a Estados Unidos a trabajar en los puentes. El 11 de septiembre de 2001, también vi como se derrumbaron las torres, fue terrible aquel atentado que marcó un hito en la historia del mundo”, subrayó.

“Todavía pertenezco al sindicato que nuclea a los trabajadores especializados en altura. Entré con permiso, pero después me quedé ilegal, como todo buen criollo. Me dedicaba a rasquetear los puentes corroídos por la sal que tiran durante las nevadas”, concluyó.

Diario Jornada

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