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José Menéndez: El Desconocido Genocida de la Patagonia

Creador, de la nada, de una de las mayores fortunas de América, filántropo, civilizador de una tierra salvaje y sobrehumana, el perfil de José Menéndez, el Rey de la Patagonia (Miranda, 1846-Buenos Aires, 1918), tiene, sin embargo, algunas peligrosas aristas. José Luis Alonso Marchante (Gijón, 1971) sacó en Chile la que podría ser, en palabras del conocido historiador argentino Osvaldo Bayer, que accedió a prologar el libro, la «biografía definitiva» del avilesino emigrado, que a su manera, se hizo la América. En el libro «Menéndez, Rey de la Patagonia», Alonso le responsabiliza abiertamente del exterminio de los «selk’nam» u onas, los nativos de la Tierra del Fuego.
Y todo ello al filo del siglo XX, sin que nadie levantase la voz, salvo los salesianos que evangelizaron aquellos lares, como el padre Alberto María de Agostini y el padre Fagnano, quien denunció abiertamente a Menéndez.
El libro de Alonso, basado en documentos inéditos recabados a lo largo de seis años de trabajo, ya ha levantado cierta polémica en Chile, donde, según el autor gijonés, un diputado por la provincia de Magallanes ha propuesto despojar a José Menéndez de la calle que posee en Punta Arenas, la ciudad que fuera centro de su emporio.
«José Menéndez construyó un imperio económico exterminando a los indios y explotando a los peones», asegura Alonso.  La revuelta de esos peones, a principios de los años veinte, liderados por anarquistas «gallegos» (que en realidad eran asturianos), terminó en fusilamientos masivos a manos del Ejército argentino en las estancias de los Menéndez, un episodio que Osvaldo Bayer, también él anarquista, describió en «La Patagonia rebelde».
No era el primer exterminio que se producía en la Patagonia. La Conquista del Desierto, de 1878 a 1885, acabó con buen número de mapuches y tehuelches a manos del Ejército argentino.
«Lo terrible de la matanza de los ‘selk’nam’ es que ocurre en pleno siglo XX, no en la época de los conquistadores», dice Alonso. Según este historiador afincado en Madrid, que prepara una edición española del libro a cargo de Losada, que preside el ovetense Juan José Fernández Reguera, «Menéndez instigó la matanza de los ‘selk’nam’, ofreciendo una libra por cada indio muerto». La única forma de demostrar que se había matado a un indio era presentar sus orejas, sus testículos o sus mamas.
Los que dirigieron aquellas matanzas, indica Alonso, fueron los propios capataces de Menéndez, como el escocés Alexander McLennan, que trabajaba en la Estancia Primera Argentina del avilesino desde 1896 y que llegó a ser conocido, por su crueldad, como «el Chancho (cerdo) Colorado».
Sus servicios fueron tan apreciados por el estanciero avilesino que llegó a regalarle un reloj de oro en el que puede leerse: «Recuerdo de José Menéndez a su buen colaborador Alex McLennan 1907». Según Alonso, un bisnieto de McLennan justificaba hace poco la limpieza étnica llevada a cabo por su antepasado indicando que, «gracias a lo que hizo, no hay indios en la Tierra del Fuego, y están mucho más tranquilos».  También un descendiente de Menéndez, Armando Braun, justificó la muerte de los indios por su «débil condición física».
Hubo otras matanzas a las que elocuentemente se denominaba «remate de indios», como las que llevó a cabo el judío rumano Julius Popper, que llegó a fotografiarse sin ningún rubor junto a los indios que acababan de abatir él y sus hombres.
Se ha terminado reconociendo que los indígenas fueron eliminados en una cacería despiadada, aunque hace unas décadas algún historiador se permitía extender la especie de que los «selk’nam» se habían cuasi extinguido por su «glotonería», haciendo referencia a que se les encontraba muertos después de comerse partes de ballenas varadas en la costa, ya en estado de descomposición.
Pero, ¿por qué tanta saña? Menéndez se dedicaba a la cría de ovejas. Sus estancias llegaron a tener una superficie de tres millones de hectáreas. Los cercados para criar el ganado fueron limitando el hábitat del guanaco (un camélido antepasado de la llama, la principal fuente de alimento de los onas) hasta hacerlo desaparecer.
Los «selk’nam», para no morirse de hambre, comenzaron a romper los cercados y a cazar las ovejas, aquellos animales que habían empezado a proliferar en sus tierras y que para ellos eran guanacos chicos o blancos.
«Menéndez dio orden directa de acabar con cualquiera que merodeara por sus estancias», indica Alonso. El gijonés no es el primero en denunciar estos hechos, ya lo hizo la etnóloga norteamericana Anne MacKaye Chapman en sus libros. Años después del exterminio, algún superviviente se acordaba de Menéndez y los suyos: «Malos cristianos, matar indios». Los «selk’nam» eran unos 3.000 o 4.000. Hoy quedan unos pocos cientos.
Para criar las ovejas, Menéndez atrajo a la Patagonia a quienes sabían más de aquello: escoceses, neozelandeses, ingleses o isleños de las Malvinas. Más tarde llegarían españoles (gallegos, asturianos…), italianos, alemanes y también argentinos y chilenos de la isla de Chiloé.
Más que como un rey, Menéndez se comportaba como un zar en sus tierras.
«Las condiciones de los peones de Menéndez eran feudales, según describen los militares que acudieron a reprimirlos durante las huelgas de los años veinte. No tenían médico, dormían en el mismo establo y cobraban en vales y fichas que gastaban en los propios establecimientos de Menéndez», asegura el historiador gijonés. Menéndez se convirtió en un factor importante de la industria textil británica.
Los fardos de lana salían directamente de la Patagonia en sus barcos (uno de ellos el «Asturiano») hacia Gran Bretaña. «La riqueza se la repartían él y los ingleses, y reproducían el modelo de otros lugares: no podían instalarse industrias textiles en Chile y Argentina», añade el historiador.
Pero, ¿cómo era Menéndez?
Alonso señala que el zar patagónico reproduce la experiencia de miles de asturianos que abandonaron la región en busca de fortuna al otro lado del Atlántico. Se embarcó con tan sólo 16 años en el bergantín «Francisca», en Avilés. «Lo pasó mal, hacinado en la bodega del barco», describe Alonso.
Fueron 45 días de travesía al cabo de los cuales llegó a La Habana, donde estuvo un tiempo. Luego enfiló hacia Buenos Aires. Allí sacó algún capital con las industrias ferreteras y se movió entre diputados y gobernantes para obtener grandes extensiones de tierra en la Patagonia, muchas de ellas cedidas previamente a los militares por el Estado en pago a sus servicios. Le ayudó mucho sin duda casarse con María Behety, de una bien conectada familia uruguaya de origen francés.
«Como hacían otros emigrantes asturianos, llamó a sus hermanos para que le ayudaran en sus negocios, pero no pudieron soportarlo y terminaron alejándose. Se desparramaron por la Patagonia, Buenos Aires, Chile…», indica Alonso.
Menéndez, un hombre del que se dice que sabía juzgar a los otros de un solo vistazo, no acertó con sus hijos, que en 1910, poco antes de su muerte, le obligaron a repartir su imperio y le apartaron de sus empresas, según el escritor gijonés.
En Punta Arenas tiene un museo, que en realidad es la casa de su hija, Josefina Menéndez, casada con un competidor devenido socio, Mauricio Braun.
Alonso Marchante asegura que aún no se ha contado la epopeya de los asturianos que ayudaron a construir la Patagonia. El rector mayor de los salesianos, el luanquín Ángel Fernández Artime, que fue provincial de la Inspectoría Argentina Sur, se encontró con gran sorpresa, indagando en los orígenes de la misión salesiana en Ushuaia, en la Tierra del Fuego, que varios asturianos tuvieron un gran papel en la colonización de aquellas tierras.
En 1895, en Ushuaia vivían unos cientos de indios en torno a la misión salesiana, y junto a ellos una decena de pioneros, dos de ellos asturianos, y también algunos gallegos. A Fernández Artime le chocó ver cómo cada año sus antecesores salesianos bautizaban a unos cuantos de los vástagos de esos asturianos, primeros pobladores europeos de la Tierra del Fuego.
También asturianos fueron fusilados en las estancias de los Menéndez en Santa Cruz en los años veinte. Aunque los peones eran dirigidos por un gallego, Antonio Soto (que tiene una calle en Ferrol), y su «asesor» militar era un alemán, Otto, que había luchado en la Gran Guerra, tras la que se dedicó a recorrer el mundo, hasta terminar en una oscura estancia patagónica, los que exhibían un mayor ardor revolucionario, siempre según Osvaldo Bayer, eran los asturianos, que iban poniéndose cada vez más violentos en sus arengas contra los propietarios y los curas. 
Buena parte de ellos fueron fusilados por el Ejército.

Alonso señala que los descendientes de Menéndez han multiplicado el capital que hizo el iniciador del imperio. «Sería bueno que reconociesen que lo que hizo su fundador no estuvo del todo bien», indica el escritor.
El historiador considera que Menéndez hizo grandes cosas, pero no le pone al lado de un Rockefeller o un Morgan. «En Nueva York, posiblemente no hubiese pasado de tener un par de tiendas, pero en la Patagonia se aprovechó del hecho de que no había nadie cuando llegó», sostiene.
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